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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (88)



 

 

 OCTOGÉSIMO SÉPTIMA EMOCIÓN

 

Mi querido y tan poco amado Raúl, tú me enseñas que el reflejo posee parte de lo que corresponde a la transparencia y esta contrasta en el reflejo su falta de materialidad. La frontera entre transparencia y reflejo es tan difusa como lo es un límite fronterizo en el desierto o lo son los límites de la piel de los amantes en el abrazo íntimo. Quizá la transparencia desea el reflejo y el reflejo añora la transparencia. Quizá ambos, reflejo y transparencia solo son mitos inventados de una única realidad sin nombre a la que no sabemos sustantivar y a la que tú me enfrentas sin piedad.
 
 
La búsqueda del reflejo y la transparencia es un destino al que todos estamos unidos, como a la tierra y el agua que nos sustentan y al rostro del otro, un destino que da sentido a nuestra incapacidad de mirarnos sin mediadores y de reconocer que nuestro propio rostro solo es un simulacro de quien pensamos y sentimos que nos habita.
 
 
El reflejo y la transparencia son las dos caras del mismo imposible espejo translúcido, me obligas a asomarme a a él para poder ver reflejada, con temor, la propia transparencia.
 
 
Raúl, provocas que abra los ojos para descubrir que lo interior contiene no solo una historia sino también un estar sorprendente que puede ser compartido, aunque no evidenciado al otro, tan poco cercano como la piel lo permite, tan igual a ese espejo deformante como sus ojos, los tuyos, iluminan la realidad; un mundo que quizá contenga los mismos hechos y objetos que vemos, o que quizá sea otro, algo por descubrir que nunca alcanzaremos a comprender.
 
 
Gracias a ti conozco, sin querer saberlo, que el hecho de que el presente sea recuerdo no es una posibilidad melancólica. Es una transformación del recuerdo y del presente en una realidad que abre un mundo infinito y acotado, un paradójico estar que niega la finitud afirmándola.
 

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