DOCE Este año se cumplen cuarenta de haber salido definitivamente de casa de mis padres; han transcurrido cuatro décadas desde el inicio de mi independencia real y completa (ya era independiente vocacional desde unos años antes) y de inaugurar la primera casa en la que viví, la primera lejos del lugar de mi nacimiento y de la forma de vida que había conocido hasta ese momento, la primera de las doce en que he vivido desde entonces. Doce casas pueden parecer muchas (sobre todo si recuerdo que mi padre había vivido en tres en toda su vida, contando con la de sus padres, y mi madre en cuatro, una más que él debido al exilio forzoso de sus padres durante la Guerra Civil), pero ese número no se corresponde en absoluto con mi tendencia poco clara a la estabilidad, aunque sí pueda responder a mi búsqueda constante del cumplimiento de un anhelo vital alejado de la supervivencia, a una búsqueda de horizontes que no fueran solo los de la rutina. En...
La mayor parte de mi vida he mantenido la vocación y el propósito de ser inútil. A pesar de esa circunstancia personal he de reconocer que en muchas ocasiones, e incluso manteniéndolo en el tiempo, he sido útil. Pero no quiero que se me malinterprete, uno no ha querido ser un inútil, pero sí inútil, de esa forma en que lo es el Universo, y nuestro planeta como una parte de él, con eso tan peculiar que se ha producido en esta roca húmeda: la vida; una vida que fue inútil o útilmente tan diferente a la nuestra hace millones de años e, incluso, hace diez mil años, sin dejar de ser eso mismo que le es propio, vida. En este contexto que uno mismo plantea, lo que sí ha conseguido uno es no ser un útil, fundamental apuesta que no lleva a ningún lado, salvo al contento personal y, quizá, a que la vida humana, la propia y la de los congéneres, no sea solo explotación desde unos hacia otros, aunque no deje de serlo puesto que la vida humana, desde nuestro (o mi) punto ...