Hace cincuenta años, sí, 50, que escuché por primera vez completa una ópera de Richard Wagner. Tenía yo 16 años y buscaba experiencias musicales (entre otras muchas experiencias que buscaba y con las que me encontraba) importantes. Me regalé, tras ciertas dudas, La Valquiria, segunda "jornada" de las cuatro que componen El anillo del nibelungo. ¿Y por qué la segunda y no la primera? Porque en ella yo sabía que se encontraba la famosa cabalgata, una música que hasta para los más ignorantes era conocida, casi un lugar común. Demasiada poca edad y demasiada mucha como para que llegara a mi vida el arte hecho sonido y recreación del pasado que mira al futuro. En mi familia, por una de esas casualidades nada casuales que suceden en todas las familias (los antepasados, la guerra, la muerte, el amor, los recuerdos…) siempre se había recordado la cabalgata de las mujeres diosas que daban a luz el consuelo eterno puesto que no podían ni ¿querían? ...
Me veo en la que fue mi habitación, el pequeño espacio de las contradicciones y las afirmaciones, del sufrir y del gozar, del olvidarse del tiempo, de sentirlo en su inexistencia agobiante. El lugar en el que me definí rodeado de madera, de libros, de la mesa en la que estudié y en la que descubrí mi pubertad. Es casi imposible resumir o citar el cúmulo de vida que allí quedó y que porto conmigo. La pienso ahora con regocijo, sin melancolía, y me alegro de poseerla, de que me haya poseído y siga viva en mí, con sus pequeñas dimensiones, con la cercanía de mis padres, con el deseo de su lejanía, con las noches, los descubrimientos, las actividades, los encuentros con los amigos, los juegos en solitario y en compañía. En aquella habitación cabe el infinito aunque yo sea finito, aunque una vez que me veo en ella todo sea simple y pequeño, un cúmulo de anécdotas intercambiables con muchos otros niños, adolescentes y jóvenes. Pero lo piense como lo piense y lo recuerde c...