Aunque no me gusta confesarme porque creo que la confesión es cosa de santurrones o criminales, y yo espero no llegar a ser ni lo uno ni lo otro, lo que ofrezco aquí supone para mí una auténtica confesión porque el tema afecta a mis fibras más íntimas. Hay que tener un poco de paciencia conmigo porque tocar este asunto es para mí como despertar al volcán de las palabras, así que lo que sigue va a ser un poco largo. Uno de los posibles destinos de cualquier buen libro es encontrar su momento y su lugar en lo que se refiere al lector que lo tiene entre sus manos. Hay libros nocturnos y diurnos, libros de montaña y de costa, libros viajeros y sedentarios, fríos y cálidos, insulares y continentales, libros que acarician y que provocan aspereza, libros para pensar y para reír, libros que arrebatan el tiempo y que lo hacen durar. Todas estas categorías y otras que no he citado no dependen de su contenido, de sus palabras, de la voluntad del autor, sino de la relación que entablan con s...
(ACONTECIMIENTOS) A los nueve años pude contemplar el mar por primera vez. En el momento en que se produjo ese acontecimiento que andando el tiempo supe que fue uno de los más importantes de mi vida, no podía saber que ya siempre lo echaría de menos, a él, a ella, al mar, que incluso lo haría cuando, como en esta época actual mía, puedo ir a pasear por sus orillas casi siempre que lo deseo. El deseo... Precisamente el deseo es aquello de lo que el mar fue emblema y símbolo desde que lo vi por primera vez. Volver al mar, a sus orillas abruptas o suaves, a sus horizontes infinitos o cercanos, a su humedad tan placentera como atractivamente hiriente, siempre ha sido un destino transformado en deseo que un día se hizo realidad en un lugar que no era poseído por el mar, aunque sí por todas las humedades de lo posible. Y el deseo, lo que ha sido y es motor de mi vida, tiene una epifanía o un imposible cumplimiento según su ...