Nuestra primera forma de vida conocida (salvando la del origen, la del contacto íntimo con el interior de la madre, y la siguiente, una faceta no tan diferente de aquella, la del contacto con la piel de quienes se acercan al nacido) es la de la narración, la forma que nos acompaña a todos a lo largo de nuestra vida, en nuestros contactos con los congéneres y en nuestra soledad. La soledad es un papel en blanco sobre el que escribimos la narración de fragmentos de nuestra vida y de sus facetas, las inventadas y las por inventar; la del deseo, un cuento que prevemos cumplir; la del recuerdo, un cuento, una novela, una poesía, una obra de teatro o una película en la que plasmamos lo que creemos que ocurrió en un momento dado, o a lo largo de un tiempo que ya no existe, que recuperamos con la falsedad de la distancia, con el añadido de lo trágico o lo cómico que colocamos en el lugar de lo sucedido: hechos, palabras, negaciones o afirmaciones de remordimientos que nunca vencer...
Cualquier ocasión es buena para que algún loco como yo rememore lo que la música es y ha supuesto en su vida. Rememorando lo que ya he recorrido de ella, de mi vida, se me ha venido a las mientes que hay una historia musical que se produce en paralelo a la de mis sucesos, acciones, sensaciones y pensamientos y que quizá, por qué no, la esencialize. Veo en mis recuerdos una maduración, gracias a la música que no a mis características personales, en mi comprensión/sensación de las diversas obras que se han acercado a mi vida desprejuiciándome cada vez más y más allá del sonido, rompiendo moldes y marcos (unos llamados conservadores, otros progresistas), todos estrechos y antilibertarios. Siempre recordaré aquellos dos primeros discos que compré y que marcaron mi camino respecto a lo que escucharía a lo largo de mi vida y lo que me queda por escuchar (los dos últimos han sido dos sinfonías de César Franck y Felix Mendelssohn y las son...