Viajar lo es todo para mí. Una frase manida y que expresa muy bien lo que significa viajar para este casi humano. Ese ponerse en camino que siempre, en principio, tiene vuelta, significa para mí lo mejor de la vida. Lo es cuando no puedo viajar y deseo hacerlo, y lo es cuando lo hago y disfruto preparándolo y realizándolo. El viajar es la excepción en una vida como la mía que no se dedica a ello permanentemente, pero quizá devuelva la posibilidad de que sea al contrario: la excepción es la vida sedentaria y la auténtica vida, por profunda y deseada, es la del viaje, aunque su duración sea menor. Es como la vida de un escritor, puede que no esté escribiendo siempre, que dedique unas horas al acto efectivo de escribir, pero siempre es un escritor, en cada momento vital, cotidiano, extraordinario o rutinario. Disfrutar. Una evidencia que no lo es tanto. Se puede viajar para escapar, para esconderse, para no ver la otra realidad, la que parec...
Aunque no me gusta confesarme porque creo que la confesión es cosa de santurrones o criminales, y yo espero no llegar a ser ni lo uno ni lo otro, lo que ofrezco aquí supone para mí una auténtica confesión porque el tema afecta a mis fibras más íntimas. Hay que tener un poco de paciencia conmigo porque tocar este asunto es para mí como despertar al volcán de las palabras, así que lo que sigue va a ser un poco largo. Uno de los posibles destinos de cualquier buen libro es encontrar su momento y su lugar en lo que se refiere al lector que lo tiene entre sus manos. Hay libros nocturnos y diurnos, libros de montaña y de costa, libros viajeros y sedentarios, fríos y cálidos, insulares y continentales, libros que acarician y que provocan aspereza, libros para pensar y para reír, libros que arrebatan el tiempo y que lo hacen durar. Todas estas categorías y otras que no he citado no dependen de su contenido, de sus palabras, de la voluntad del autor, sino de la relación que entablan con s...