Una de las circunstancias personales que me han sucedido y a las que me he acostumbrado sin yo buscarlo es SER GEOGRAFÍA. Cuando viajo, cuando camino, siento y quiero saber si voy a cruzar un río, si me acerco a unas montañas, si esa llanura que recorro se encuentra muy elevada sobre el nivel del mar, si el bosque que atravieso es enorme o minúsculo más allá de lo que mi mirada abarca. Si el camino se bifurca hasta poder llegar al infinito de las tierras de la Tierra... Y sé, intuyo, que una inmersión en el aire puede proporcionar justo lo que se echa de menos en la vida cotidiana. Sería como un caminar sin cimientos, un adentrarse en la nada plena e injustificada por nuestra presencia. Podría hacernos recordar que la belleza quizá sea la memoria de la verdad.
DOCE Este año se cumplen cuarenta de haber salido definitivamente de casa de mis padres; han transcurrido cuatro décadas desde el inicio de mi independencia real y completa (ya era independiente vocacional desde unos años antes) y de inaugurar la primera casa en la que viví, la primera lejos del lugar de mi nacimiento y de la forma de vida que había conocido hasta ese momento, la primera de las doce en que he vivido desde entonces. Doce casas pueden parecer muchas (sobre todo si recuerdo que mi padre había vivido en tres en toda su vida, contando con la de sus padres, y mi madre en cuatro, una más que él debido al exilio forzoso de sus padres durante la Guerra Civil), pero ese número no se corresponde en absoluto con mi tendencia poco clara a la estabilidad, aunque sí pueda responder a mi búsqueda constante del cumplimiento de un anhelo vital alejado de la supervivencia, a una búsqueda de horizontes que no fueran solo los de la rutina. En...