Me gusta comer, claro, como a todo el mundo. Pues no, he aprendido con los años y el roce con pieles ajenas que no cualquiera disfruta tanto como yo comiendo. Y de ahí, de ese gusto especial y agudo, creo que me viene, en origen, mi afán por cocinar. Qué difícil es decir esto cuando hoy cocinar es una narración televisiva y de internet convertida en carrera de perfección sin final ni recreación del gusto cotidiano. No, para mí, para alguien que piensa que las narraciones se hacen con palabras escritas e imágenes imaginadas, cocinar es actividad previa a algo tan básico y maravilloso como comer. Es actividad que pierde, a medida que se practica, su propio ser de necesidad para alimentarse hasta convertirse en acción con potencia propia, no finalista, como si pudiera ocurrir que mezclar colores tuviera tanta entidad como aplicarlos sobre una superficie para hacer aflorar en ella arte. De esa forma se deduce que lo mío en la co...
Una de las tareas más importantes en mi vida, quizá la que más tras la de la convivencia con mis congéneres (amor, amistad, aguante, roce, …) es ir aprendiendo a no adjetivar la vida y a sí adjetivar el arte. Hablo del arte como actividad y realización muy amplias, de aquello que comprende todas las tareas inútiles y creativas que añaden más vida a la vida sin implicar a la supervivencia, hablo del arte como parte de la vida, pero también como si fuera una supravida que vivir en paralelo y tangencialmente a la vitalidad. Buscar adjetivos cuando se escribe o, mejor dicho, mientras se narra, o no buscarlos y aparecer en lo poético, adjetivar las artes con las que uno se encuentra (expresionista en su momento o fuera de él, simbolista en su momento o fuera de él, tenebrista en su momento o fuera de él; todo un catálogo de adjetivos que acercando lo que la obra posee y ofrece quizá nos aleja de lo que la obra es y produce en nuestras mentes o espíritus) es...