Hace siglos que se plantea si lo terrible, el dolor, el sufrimiento, la tristeza, el terror y cualquier otro hecho o sensación de entre los que se suelen considerar como negativos es representable plásticamente o, mejor dicho, si debe ser representado o si la visión directa de lo sangriento y lo éticamente deplorable debería ser evitada, al menos en lo que al arte ocupa. Y hace siglos que, en Occidente, se optó por hacerlo y aceptarlo gracias, sobre todo, al pretendido realismo de algunos artistas y a un enfoque morboso de la religión por parte de la iglesia católica. Basta pensar en algunas obras maestras del siglo XVII, como La Muerte de la Virgen, de Caravaggio, o el Martirio de San Bartolomé, de Ribera, por solo citar dos ejemplos señeros, aunque no quiero dejar de añadir a Saturno devorando a sus hijos, de un Goya que empieza a superar la posible dicotomía entre horror y esperanza. El cine, el arte más reciente de representación y recreación de lo humano, se ha movid...