¡Qué mayor confesión (pequeña) que un autorretrato no hecho por uno mismo!
Desde siempre, es decir, desde los nueve años en que me regalaron mi primera cámara de fotos (Kodak instamatic), no tengo especial inclinación a salir en las fotos ni a que personas cercanas a mí aparecieran en las fotos que yo hacía, quizá porque empezaba a considerar, sin saberlo y sin expresarlo, que ciertos productos o producciones de los humanos (lo que en conjunto llamamos arte) eran mejores que los propios humanos que los producían.
Esta práctica y actitud se acentuó con el tiempo, sobre todo desde que aprendí (muy tempranamente) que si se fotografiaba a alguien delante o junto a un monumento había que elegir, mediante la cercanía o lejanía de la/las persona/s al objetivo de la cámara, entre dar importancia a cosa o a persona, a lo aparentemente muerto o a lo aparentemente vivo.
En ese autorretrato falso casi no se me ve, pero se me desvela bastante, por eso lo pongo puesto que a mí me desagrada de este tiempo mío y de estas redes nuestras que muchos humanos se dediquen a mostrar imágenes de las diferentes facetas de su persona, si es que las tienen, como principal aportación para compartir con el mundo. Pero también me he decidido a mostrarme así porque quien no desvele a través de esa imagen puede inventar lo que desee o inconscientemente le sugiera ese humano que puede que sea yo situado en ese lugar, uno de mis favoritos en el mundo, que quizá sugiera que lugar y persona sean intercambiables o no tengan nada en común.
Deshacerse y rehacerse en un lugar es una forma de vida transitoria que proporciona una ligereza y hondura inigualables.

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