Cinco años no es ni mucho ni poco tiempo. En la infancia, tan corta e intensa, puede ser un gran período. En la juventud, tan apasionada e inaferrable, puede ser un intenso período. En la madurez, tan alargada e indescriptible, puede ser un soplo. En la vejez, tan pausada e indefinible, puede ser toda una vida. ¿Y en la historia del mundo? Hay momentos en que solo cinco años pueden equivaler, por su intensidad, a lo que otros momentos necesitan décadas para poder dejar huella. Un solo ejemplo, terrible, bastará para constatar lo que comento: los cinco años atroces transcurridos entre 1940 y 1945. Pero no quiero centrarme en atrocidades sino en cambios que han marcado nuestra historia, tan intensos como el citado pero nada destructivos, más bien todo lo contrario. Entre 1905 y 1910 se producen en el arte, o los artistas generan en esos años, un cúmulo de novedades creativas que parece inasumible, tanto como para haber marcado durante décadas buena parte de lo que el arte pos...