Es el recuerdo el gran y el pequeño culpable de todo lo que nos sucede y calificamos como negativo. El recuerdo nunca es veraz y esa característica le proporciona su culpabilidad.
Quiero recordar que esto que escribo no es un compendio de recuerdos, es una filtración de posibilidades en palabras sobrevenidas mientras la vida me inundaba y yo caminaba con torpeza, como todos los que hemos intentado caminar con seguridad, dirigirnos hacia un horizonte, al igual que el mundo se dirigía al horizonte de su polarización absoluta en mis primeros años de vida, los años de mi vida inconsciente, con su plenitud de guerra sin realizar siempre viva y sus enfrentamientos de mitad por mitad, como si el globo terráqueo no diera de sí más de lo que sus profundidades y alturas ofrecían. Había muerte en el aire, y era una muerte absoluta, sin distinciones de riquezas y pobrezas, aunque los ricos pretendieran sobrevivir en cuevas artificiales preparadas para la catástrofe en las que, por supuesto, no cabrían los pobres, gentes sin previsión alguna ni responsabilidad ninguna, solo supervivientes convertidos en laboriosos consumidores desde que se superaron las desgracias de la Segunda Guerra y se impuso, con mano de terciopelo tecnológico, una forma de vida en el mundo que se haría universal tras pocas décadas.

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