El otro día, tras volver de la biblioteca con una preciosa y variada carga, se me vino a la cabeza mi historia con los libros y la contemporaneidad; la historia de uno mismo con los libros que han sido publicados, o incluso escritos, mientras yo vivía y la relación que ha tenido uno con ellos, con su lectura o con la falta de ella (una relación que abarca más de cincuenta años con una interrupción durante tres que es inexplicable hasta para mí mismo).
Salvo algún best seller, adquirido por mis padres y leído por mí en mi primera adolescencia, o incluso el caso de uno adquirido por mí mismo, casi todos los libros que he leído, y ahora me estoy refiriendo a literatura, inluso antes de que supiera o deseara que la literatura no tiene tiempo, no han sido disfrutados en el momento de su publicación, salvando también algunos ensayos y algunas obras de contemporáneos excepcionales como Cartarescu, Coetzee o García Márquez.
Esta quizá curiosa relación con mi contemporaneidad escrita y con el tiempo mismo ha hecho que yo valorara de la misma forma El Cuento del Grial que La Odisea, o Solenoide que Sexus, o Ulises que los cantos de Leopardi. ¿O ha sido al contrario? ¿Esa especial relación con el tiempo y mi contemporaneidad se debe a que he valorado por igual esas obras, a que he sentido la misma cercanía en la autobiografía de Bernhardt que en los pensamientos de Marco Aurelio, en El Desierto de los Tártaros de Dino Buzzati que en Pan, de Knut Hamsun? Quizá una de las posibles respuestas se encuentre en las líneas que siguen.
Hace más de cien años que se publicó Ulises, el Ulises de Joyce. Hace menos tiempo, claro, que lo leí, pero aún hace décadas.
Su fama de novela tan difícil como fundamental me llevó a ello. Era buen momento (esto lo supe después) porque yo ya era un lector avezado, curtido en, por ejemplo, las primeras novelas de Proust, pero aún era joven, con la fuerza física y espiritual que esa circunstancia vital proporciona.
Hubo un primer intento que duró unas cincuenta páginas. Se me cayó de las manos y la mirada. Me resultaba incomprensiblemente lejano.
Pasado más de un año de aquella experiencia lo retomé desde el principio porque no me había parecido que mi falta de encuentro y empatía literaria con Stephen Dedalus y Harold Bloom restaran interés a lo que se podía leer en la obra.
La experiencia fue una de las más brutales que he sentido en lo que se refiere a la literatura. Fui invadido por la pasión poética de lo narrado, por el sentir y el estar de ocurrencias, pensamientos y acciones que eran tan ajenos a mí como cercanos a mi existencia. El estilo, los estilos, que pude degustar en aquella narración que se devoraba a sí misma, me dejaban transportado, satisfecho y abierto a condiciones nuevas y por descubrir y desarrollar, condiciones vitales y condiciones poéticas que ensanchan la vida.
La gran y buena literatura es siempre chocante y exigente, incluso la que aparenta ser más digerible. Sin ella, sin la gran literatura que exige una entrega potente por parte del lector, la literatura no sería más que inflar los acontecimientos personales que nos contamos en una reunión de amigos. La gran literatura desvela lo posible y penetra en el interior de lo que cada uno somos o creemos ser y no decimos, no necesariamente por escondernos, sino por falta de oportunidad y de palabra para hacerlo.
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