Nuestra primera forma de vida conocida (salvando la del origen, la del contacto íntimo con el interior de la madre, y la siguiente, una faceta no tan diferente de aquella, la del contacto con la piel de quienes se acercan al nacido) es la de la narración, la forma que nos acompaña a todos a lo largo de nuestra vida, en nuestros contactos con los congéneres y en nuestra soledad. La soledad es un papel en blanco sobre el que escribimos la narración de fragmentos de nuestra vida y de sus facetas, las inventadas y las por inventar; la del deseo, un cuento que prevemos cumplir; la del recuerdo, un cuento, una novela, una poesía, una obra de teatro o una película en la que plasmamos lo que creemos que ocurrió en un momento dado, o a lo largo de un tiempo que ya no existe, que recuperamos con la falsedad de la distancia, con el añadido de lo trágico o lo cómico que colocamos en el lugar de lo sucedido: hechos, palabras, negaciones o afirmaciones de remordimientos que nunca venceremos… Y con ella se produce el viaje de ida y vuelta que es su forma de aparecer. Yo te narro y, gracias a ello, tú me narras.
Entre los humanos nacidos pocas veces se produce la escucha, salvo en el amor y su paradoja, la del encuentro con uno mismo a través de otro.
Contarnos unos a otros desde que somos niños parlantes lo que vemos, oímos, palpamos, es seguramente la forma real de nuestra vida. Todo lo demás es instinto realizado o deseo de realización de lo imposible, de aquello que intuimos nuestro y queremos o creemos ver en el otro sin poder llegar a constatar que esa sea la forma en que nuestros anhelados encuentros llegan a producirse, a enquistarse, a dejarnos intuir que la maldad no tiene forma, que incluso es capaz de adoptar la forma de la bondad...

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