Ir al contenido principal

PEQUEÑO VIAJE GRANDE

 
¿Se puede resumir un viaje, una emoción, un estado, una vivencia, en una sola imagen? Se puede, claro, como casi todo cuando se pretende gozar de libertad. Aunque, de esa forma, también se pueda perder mucho es seguro que con una sola imagen queda subrayada la intensidad de viaje, emoción y estado gracias a la falta de eso tan actual que es la acumulación de cualquier noticia, sensación o producto hasta convertirlo en indiscernible.

Esas minúsculas hojillas nuevas traspasadas por el sol representan la feracidad y bondad de unas tierras salvajes, trabajadas humanamente y bendecidas por un microclima que, en este glorioso abril, se encuentra en plenitud. Ellas quieren dejar constancia, con su luz íntima y nutritiva, de lo que un pequeño viaje por los valles del norte de Extremadura puede suponer para el viajero ávido de conocimiento y sensación que se encuentra desbordado por la belleza de la luz, el agua, la montaña, el trabajo y la huella de la Historia tanto natural como humana.

Y además, esa imagen posee una banda sonora que no puede ser oída y que parece incluso imposible ante la paz que parece respirar el verdor amarillento. El sonido que la acompaña es el del fragor rugiente del agua que descendía de las cumbres de Gredos en una abundancia que desbordaba la impasibilidad de las piedras y la pacífica ondulación de los bosques.

Las pequeñas hojas habían nacido pocos días antes en la ribera de la garganta del Diablo. Curioso nombre (tan repetido en muchos lugares ibéricos) para un sitio cuyo realista humanismo actual y pasado se debe al pueblo judío, como es el conjunto de pueblos, que el viajero tuvo la enorme fortuna de contemplar en flor, que dan vida y la aprovechan, de las comarcas del Jerte y La Vera.

Recuerdo ahora ese pequeño e intenso viaje mientras me encuentro agradable y apasionadamente sumido en la preparación de otro que quizá pudiera ser considerado grande pero cuya intensidad no necesariamente superará a la del que acaba de pasar. Lo que quizá sí pueda ocurrir en el próximo es que no admita que una sola imagen lo simbolice o lo reduzca ampliándolo. ¿Quién sabe?


Comentarios

  1. Que todos los viajes son viajes interiores ya está más que dicho. No vemos lugares, 'nos vemos' en lugares y así entiendo yo que esas nacientes hojitas son una promesa de todo lo que viene detrás. Al fin y al cabo en todos los mitos de héroe siempre hay un viaje a los infiernos (o Diablos en este caso ;-) ) después del cual se renace.

    ResponderEliminar
  2. Miguel, bienvenido.

    Renacido me quedo después de leer tu extraordinario comentario, que suscribo totalmente.

    Gracias y saludos.

    ResponderEliminar
  3. Se puede resumir una vida en instantes, y cada uno de ellos albergar el elixir de lo que nos abraza y da aire.
    Aire que mueve las hojas y alimenta las olas, aire que sopla y nos guía sin rumbo cuando queremos perder+nos y vamos hacia las cornisas.

    Mi abrazo

    ResponderEliminar
  4. Athenea, cada instante puede llegar a ser toda una vida, como bien dices. Solo poder atisbarlo da sentido a toda la vida.

    Sigamos al ritmo del aire...

    Gracias y saludos.

    ResponderEliminar
  5. Hace, precisamente, un año que estuve por allí: valle del Jerte. También tratando de formarme en lo que tu dices: "viajero ávido de conocimiento y sensación". Una maravilla, y un abrazo, 'trass....'.

    ResponderEliminar
  6. Blas, me encanta compartir contigo ese viaje y el ser un "viajero ávido".

    Gracias y saludos.

    ResponderEliminar
  7. Sentir un viaje como tu lo haces con esa profundidad, es extraordinario.

    Un saludo Alfonso

    ResponderEliminar
  8. Aurora, y poder compartirlo con la misma intensidad...

    Gracias y saludos.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

ESTAMBUL ESTÁ VIVA

En su diversidad En su tradición En su actualidad En su juventud En su comercio En sus aguas dulces Y saladas En sus cafés En sus mezquitas  En su continuo fluir El ocaso no la alcanzará

POLÍTICA Y ARQUITECTURA

Los humanos sentimos la necesidad de la renovación, del cambio, y luchamos para ello con la permanencia y la tradición. Todas las civilizaciones han seguido el camino de la renovación y del cambio salvo, quizá, la antigua civilización egipcia, que se mantuvo durante casi tres mil años fiel a sí misma, y la antigua civilización china que hizo lo propio durante casi dos milenios. Entre otras edificaciones, las catedrales medievales europeas son un buen ejemplo de esas inclinación y realidad humanas en un momento de la Historia especialmente constructivo, el momento en que la ciudad toma cuerpo y pasa a ser referencia ineludible de la vida en sociedad. La catedral se convierte en causa y consecuencia del desarrollo urbanístico en la Baja Edad Media. El afán de renovación de los humanos se encuentra bien reflejado en las decisiones que se tomaron en las ciudades respecto a las catedrales existentes. En Burgos, un ejemplo entre otros, se optó por destruir la antigua catedral ro...

¿CRECE LA INSENSIBILIDAD?

Lo sensible humano se podría definir como la relación que tiene nuestra realidad con el mundo, con los demás seres vivos, con los de nuestra especie, con las realidades pretendidamente inanimadas, con el aire que nos mantiene vivos, la tierra que nos sustenta y el agua que nos alimenta. Hasta aquí lo sensible se revela como una categoría que tenemos en común con el resto de seres vivos. Pero en nuestro caso, el humano, parece haber además algo especial, nuestra mente, esa materia que es capaz, a través del lenguaje, de dar forma a cualquier realidad posible hasta el punto de reinventarla o aparentar que es capaz de crear nuevas realidades. Transformamos lo sensible en sensibilidad gracias a nuestra mente, a la capacidad de simbolización que el lenguaje y la escritura nos ofrecen, y a esa incesante capacidad constructiva (y destructiva) que poseemos y que ha cambiado la faz de la Tierra. Y la sensibilidad, anclada en lo sensible, se desarrolla en nuestra mente sin dar la esp...