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PEQUEÑOS VIAJES A PIE IV (en Londres)




¿Qué se puede decir de Londres que no haya sido rozado y ofrecido antes por las insuperables plumas literales e imaginarias que van desde Charles Dickens hasta Ian McEwan? Con todo y con eso aquí va mi pequeña propuesta.

Perderse en Londres es un lujo inefable que se puede producir en una ciudad que no lo es, inefable. Aun así ese deambular sin rumbo se ofrece como posible en un barrio como Hampstead. Un conjunto de calles en cuesta y un parque extraordinario por los que perderse, olvidando que Londres es la ciudad del aprovechamiento del tiempo con tantos horarios como barrios la constituyen.

En el barrio de Hampstead no hay río ni City ni grandes monumentos, hay vida antigua y presente por la que discurrir, como si la humedad inglesa lubricara pensamientos y acciones del pasado y del presente con un futuro prometedor y tradicional. Quizá el hecho de que Karl Marx esté enterrado al norte del barrio lo marque de una forma indefinible, aunque ni John Keats, ni John Constable, que residieron en Hampstead antes de que el filósofo existiera (y ni siquiera Robert Louis Stevenson, que fue su contemporáneo y también residió allí) proporcionen un carácter especial que nada tiene que ver con aquella muerte aunque sí con la anglofilia que podría unir a los cuatro personajes.

Qué recuerdos me vienen a la memoria de sus casas entre árboles y plantas, de su librería de viejo con una vieja librera cuyo encanto nunca podré olvidar, al igual que los libros que ella custodiaba y ofrecía; de su antiguo cementerio en una esquina, entre casas y junto a la suavemente seductora Parish Church (encantadora alternativa al de Highgate, el que custodia el polvo de Marx, más al norte); de la presencia que parece eterna de los ladrillos de muros y edificaciones que aparentan ofrecer un carácter tan puramente inglés como los condados del norte de la urbe; del descanso y paseo casi estático, de tan lento como se ofrece, en los terraplenes del parque que permiten intuir el Londres auténtico que se extiende a los pies de la colina, el terreno que acoge este pequeño y delicioso pueblo urbano.

Sin jerarquía ni linealidad alguna se ofrece el paseo entre los jardines de sus antiguas casas, subiendo y bajando por sus calles con apariencia de intrincadas, aunque con una claridad que parece proporcionar una pureza civilizada a la que aspirar. Perderse en Hampstead es conocer que hay un hilo muy fino que une la isla británica y el continente europeo, un hilo que, como el de Ariadna, nos sirve para no perdernos en torno a la posibilidad de ser amablemente civilizados y soñadoramente racionalistas.

Comentarios

  1. Bueno, por lo que veo o, mejor, leo, Hampstead tiene vida. También muerte, al menos había un señalado cementerio: lugar de muertos por excelencia, aunque no en exclusiva. Me alegro de tu paseo, querido 'tras.....'.

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    1. Y yo me alegra mucho de tu comentario, amigo Blas, de que hayas paseado conmigo por un lugar nada habitual en ti. Muchas gracias y un abrazo.

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