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VISITA




En Trascendencia nada es lo que parece. Los trascendidos son entes de largas piernas y sienes hundidas. Se aparean con frecuencia sin placer, sin fijarse en si lo hacen con el otro sexo o con el suyo propio, aunque solo tienen orgasmos internos cuando piensan. Su horario de pensar coincide con auroras y atardeceres. Son los momentos sin palabras, de gemidos ahogados y sinuosos movimientos en calma. De noche hablan sin escucharse. De día meditan sin conclusiones, incluso lo hacen mientras se aparean.

Los niños trascendidos son redondos, como pelotas con granos. Ingieren el alimento con tubos hechos de bambú y son conducidos a la escuela rodando por los carriles habilitados para ello, uno por calle, dos por avenida y un riel por camino del que cuelgan bolsas adaptadas para la ocasión.

Los trascendidos nunca dejan de caminar, incluso mientras comen, hablan, se aparean, meditan o llegan al orgasmo. Esas cinco actividades son toda su vida y quizá expliquen la compleja y rápida mutación que sufren en su adolescencia, cuando pasan de la redondez al estado adulto; un hecho que el gobierno trascendido prohíbe celebrar a pesar del deseo que sienten de hacerlo los padres trascendidos.

Las parejas trascendidas son circunstanciales, duran un máximo de diez apareamientos y pueden tener hasta cinco niños. Los trascendidos, tanto machos como hembras, que hayan procreado cinco niños y los hayan cuidado individualmente hasta llegar a la mutación, pasan a formar parte del gobierno trascendente, lo que les supone dejar de hablar, aparearse, meditar y llegar al orgasmo. Sus miembros solo comen, procuran alimento y vigilan que no se celebre de ninguna forma y en ningún caso la mutación, única ley escrita que rige la vida de los trascendidos.

Se cree que Transcendencia, una hembra legendaria o mitológica, nadie lo sabe, escribió La Ley antes de convertirse en la nube que nunca roza al sol ni a la luna en el cielo de los trascendidos y que alimenta con su lluvia, inconstante y frecuente, el lago que permite la humedad del país, el que riega los huertos que lo rodean y en el que viven los peces, unos filiformes, otros globulares, que sirven de alimento a los trascendidos, cuyos gobernantes los pescan con las manos en sus orillas mientras descansan de sus actividades como hortelanos.

Desde que visité Trascendencia mi vida ha cambiado mucho, mis sueños son extranjeros, la pasión se ha atemperado y siento un anhelo permanente que nada puede llenar ni mitigar. Soy incapaz de irme a vivir allí y no puedo superar el anhelo que aquella tierra y aquellos entes han sembrado en mí de una forma incomprensible y perdurable.

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