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PAPELES PÓSTUMOS DE "ROJO" (XLIII)




No he podido, o sabido, encontrar otra forma de hacer pública mi penúltima novela que publicarla por entregas aquí.

Eso voy a hacer en los próximos días, un fragmento por día, en paralelo a mi página de Facebook:

https://www.facebook.com/independiente.trashumante

Su título es:

PAPELES PÓSTUMOS DE “ROJO” (copyright Alfonso Blanco Martín)

 

 (Quien desee tenerla y leerla completa, no tiene más que escribirme a trasindependiente@gmail.com, o por “messenger” en Facebook, y por 10 euros (gastos de envío incluidos) se la imprimiré y se la enviaré dedicada por correo)



***

 

- Conocerla me cambió, yo me sentí cambiado y supe enseguida que nadie lo notaba. Un amigo me preguntó si estaba realmente enamorado. Le dije si no se me notaba y él respondió que no. Ese amigo que ya no tengo o a quien ya no veo, con quien no hablo, quizá quería imponerme la infelicidad como destino y por eso me hablaba de esa forma que me dolía. El dolor no permanecía conmigo porque ella existía. El amigo tuvo que desaparecer, pero los demás, mis conocidos, mis compañeros, tampoco percibían ningún cambio en mi ¿o sí? Y lo callaban premeditadamente porque les servía de espejo mi nueva forma, de espejo de su conformismo, de su triste apariencia de éxito. Yo no los juzgaba, no los juzgo. ¿Por qué ellos a mí, sí? Pensarás que soy un paranoico, pero tengo la prueba de que no lo soy en que nunca los odié, ni los odio, aunque me entristece e recuerdo de su cercanía interesada, su estar del lado de sí mismos para controlarme, para no dejar que eso que parezco ser yo pudiera flotar y ser de nuevo, afirmarse. ¿Por qué? ¿Por qué no parecía contentarles que yo encontrara mi felicidad? Quizá mi forma de hablar, de afirmar con rotundidad lo que pienso y siento les había herido desde siempre.
 
 
- Se me olvidó disfrutar, la quise sin fisura, nada estaba por encima ni por debajo de Ella, todo me abrumaba con su intensidad porque estaba con Ella, incluso cuando no la tenía en la mente. Los ratos con Ella no tenían tiempo, y me entregué de una forma tan envenenada que no supe disfrutar, aunque disfrutaba. Cuánta confusión, cuánto placer inesperado, qué subida personal se produjo en mí con sus ojos apoyándome siempre, aunque Ella quizá sabía que solo era el preludio de mi desquiciamiento. No saber, no saber, me tiene perseguido, no saber lo que es vivir los minutos con Ella. Y siempre estaba atento a sus deseos, quizá en esa atención exacerbada empezó la locura que me terminó separando de Ella.
 
 
Y los árboles parecían encenderse a nuestro paso. Iluminaban mi silencio sorprendido y arrullaban su confesión desesperada. Las hojas que parecían desear ya el otoño se reflejaban en mi mirada perdida porque el oído zumbaba con las palabras del amigo, con ese desgranar de lo que fue y lo que pudo haber sido, que me resultaba tan cercano como si estuviera contando una historia de mí mismo.
 
 
¿Sería yo Lucas esperando a mi otro yo, a mi Claus, sin detener la vida, con la aceptación y el buen hacer de quien ha conocido sus extremos y se ha negado a sufrirlos?
 
 
(Continuará)


 

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