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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (19)


 

 

DECIMOCTAVA EMOCIÓN


Demasiada poca edad y demasiada mucha como para que llegara a mi vida el arte hecho sonido y recreación del pasado que mira al futuro.
 
 
En mi familia, por una de esas casualidades nada casuales que suceden en todas las familias (los antepasados, la guerra, la muerte, el amor, los recuerdos…) siempre se había recordado la cabalgata de las mujeres diosas que daban a luz el consuelo eterno puesto que no podían ni ¿querían? parir.
 
 
Aquella caja grande llena de discos, abstracta en su diseño, fue adquirida con emoción contenida. Y contenía la puerta de una apuesta vital que se me abrió al leer-escuchar aquello que yo creía trataba de dioses, pero era una apuesta trascendente de narrar a los hombres.
 
 
Leí, escuché, algo que me pareció hablaba de mí y del mundo que yo habitaba o hubiera deseado habitar de la forma imperfecta en que el mundo se habita y de la forma imperfecta que se puede desear habitar. Algo, puesto que eran música y palabras inextricablemente unidas, puesto que parecía que Wagner hubiera escrito aquello que me llegaba con una claridad misteriosa, que hubiera sido escrito para mi. Se reabrió su mundo, pero se me abrió mucho más, se me abrió una puerta que nunca se ha cerrado, que la experiencia solo me ha llevado a echar de menos y a conocer, sobre todo, que esa puerta ha estado abierta siempre y que la humanidad no quiere caber por ella. Yo, que tengo algo de la humanidad, mucho de sus deseos y poco de sus realizaciones, me vi impelido a traspasar aquella puerta y ya siempre desde dentro he mirado muchas veces atrás, quizá anhelando salir del recinto en el que para siempre me encontré desde entonces, intentar comunicarme con los amables congéneres que me saludaban desde fuera, pero aquella música envolvente, descriptiva y auténticamente humana, como parida desde el cielo, como una lluvia de adoquines algodonosos, me ha impedido salir y ser uno con los auténticos humanos que me esperaban fuera. Aquel recinto está lleno de otros como yo, pero la música fatídica nos impide comunicarnos, nos miramos miopes y ensombrecidos por nuestras propias pasiones que nos alejan de la palabra auténtica, maquinal, que da vida al mundo que está fuera. Solo en algunos momentos, quizá en los silencios que dan forma a la música, soy capaz, como los otros seres fantasmales que pululan por aquí, de mirar hacia arriba y percibir con alegría que este recinto carece de techo, está abierto a un cielo invernal teñido de una luz que anuncia una primavera eterna.
 
 
Muchos años después llegó Parsifal. Yo lo buscaba, pero la obra vino a mí como si yo no lo hubiera pretendido. Entre La Valquiria y Parsifal se habían sucedido tantas emociones que ahora me parece imposible que volviera a suceder el descubrimiento, la invasión de todo mi ser de nuevo por la posibilidad de vivir de otra manera indefinible y por crear. Y sucedió: una nueva vida, como la que me invadió escuchando la obra que no se parece a ninguna otra, se abrió ante mi y comenzó a ser vivida, una nueva vida en la que nunca había pensado, una nueva vida que me llenaba de felicidad y de escalones recién pulidos por los que ascender hacia mi muerte con paso firme, con la seguridad de ser yo mismo y de compartirlo con otra persona, como si el estado natural del vivir se encontrara fuera de lo cotidiano y se incorporara con pasión a la pasión vacía del existir.

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