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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (54)


 

 

 QUINCUAGÉSIMO TERCERA EMOCIÓN


Quiero pensar que antes de que se iniciara esta situación de eternidad innoble se notaba en mí que la realidad, lo que se suele llamar así, me resultaba un poco estrecha y demasiado ajustada. Hoy, a pesar de lo que sucede, sigo considerando que la realidad es o puede ser algo no tan evidente como podría dar a entender su propia apariencia. Y no me refiero a que la realidad pueda ser subjetiva, que lo es, sino a que la realidad es algo más que su evidencia (y por supuesto mucho más que los que pretendían sacar partido económico de ella decían que era). La realidad es más ancha y profunda que plana y recta, adopta muchas formas y es más plástica que lo que se puede constatar observándola y viviéndola rutinariamente.
 
 
Pero sobre todo es mucho más (y creo que hoy más que nunca podemos afirmarlo) que lo que vemos, pensamos y sentimos habitualmente. En cada momento y lugar solo somos capaces de ver, oír, tocar, algunas de sus facetas, y creo que es bueno que seamos conscientes de que siempre existen otras facetas, que el mundo cerrado solo vale para dar explicaciones parciales de él mismo que nos ayudan a sobrevivir, pero que para vivir hay que conocer que la realidad es mucho más de lo que sabemos en cada instante, que posee más caras y formas de las que podamos imaginar y que, incluso, si quisiéramos acercarnos a ellas en su conjunto necesitaríamos de otras personas para poder ver facetas de la misma que se nos escapan a cada uno de nosotros, hijos de nuestras capacidades, situaciones, lugar de nacimiento y otros múltiples hechos y circunstancias.
 
 
Y hoy, en este mundo que parece negarnos gracias a la afirmación de nuestra impotencia, podemos saber que lo que se nos escapa, que la realidad al completo, puede ser acercado hacia nosotros, hacia el anhelo de vida que imposibilita hoy su final y niega el sentido que quisimos dar a su origen.

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