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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (72)


 

 

SEPTUAGÉSIMO PRIMERA EMOCCIÓN


Soledad

En compañía te encuentro



Me uno a tu propuesta

Sin el convencimiento

De quienes pretendemos ser



Hay un estar que propones

Cuando la aparición

De aquello que prometes

Endurece la vida



El diálogo no se produce

Aunque el ángel permanezca



Sin lo que hay

Todo parece delicado



Con lo que sería

Aparece una sinrazón alegre



Tu poder es amplio

En el caminar a (des)tiempo



La armonía se aleja

En tus brazos



Lo que podría aparecer

Se hunde en tu regazo



Das y quitas sin pasión

Yo te encuentro en un lado

Que frecuento

Quizá

Con el sol poniente amaneciendo



***



Ya llevo unos meses dejándote hablar sin intervenir, quizá por un respeto que no mereces pero que quizá puedas aprender a partir de mi actitud, la del no nacido capaz de amar.



¿Te acuerdas de Luis? Claro que lo recuerdas, por supuesto que te acuerdas de él y de nuestra amistad, la que tú negaste en aras de una vida mejor para mí. Me reiría si no hubieras llegado a hacerme tanto daño con tus decisiones, tus presiones sobre mí e, incluso, sobre mi mundo y mis sentimientos. ¿Te sorprende que te hable de alguien que no pudiste conocer, como a mí, y que sin embargo sé que conoces perfectamente? No puedes responder porque sería demasiado noble hacerlo con sinceridad y demasiado imposible, puesto que yo, mi inexistencia, no te lo permito. Te estoy imponiendo mi realidad en una lucha que parte de ti y que se convierte en reflejo de lo que me hiciste sin haberme dado y haberte dado la oportunidad de hacerlo.



Desde mis no quince años la presencia de Luis en mi vida era fundamental y, por lo que él me ha contado, también la mía lo era para él. Aunque, claro, éramos amigos desde antes, desde que él se mudó a nuestro barrio con su familia dos años atrás y nos conocimos, o nos empezamos a querer, infantilmente, primero jugando en el colegio y después jugando en nuestras casas, la tuya y la de sus padres. ¿Te acuerdas? Decías que te caía muy bien, que era un chico muy educado y avispado, que siempre atendía lo que se le decía y sonreía con sus ojos, que parecía dispuesto a todo sin los desbordamientos que parecen ser el signo de la adolescencia.



Te estoy hablando desde una no madurez a la que me ha permitido llegar el transcurro del no tiempo; lo estoy haciendo desde tu futuro, si existe. Estoy obligado a recordarte lo que no puedes recordar, lo que estás incapacitado por tu situación conmigo, aunque creas que me hayas generado desde tu palabra.

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