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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (75)

                                                                                



 
SEPTUAGÉSIMO CUARTA EMOCIÓN

 
 
Te voy a leer algo que escribí mucho después de lo que te estoy contando, mi querido no padre:
 
 
Hay una estrella en el centro de mi cuerpo, muy dentro, invisible, fugaz. Me guía por rutas que desconozco, que no busco, para las que no estoy preparado y que recorro como si me estuvieran reservadas solo a mí. En esos caminos me cruzo con otros que sé que también poseen su estrella, pero a quienes no puedo saludar ni tocar. Ellos me miran, como yo a ellos, con perplejidad y el contento de saber que los caminos son nuestros, únicos y compartidos de una forma que nadie puede describir, solo vivir mientras los recorre.
 
 
A veces, uno de aquellos seres lo encuentro detenido en el margen del camino. Me está esperando. Necesito atreverme a detener mis pasos frente a él. Las veces en que cumplo ese sueño de encuentro, sé que él me ve detenido en el margen del camino mientras cree andar, como me ocurre a mí.
 
 
El encuentro es frío e intenso debido a nuestras suposiciones, a lo que creemos cada uno que estamos haciendo sin actuar. Se producen movimientos detenidos, como fotogramas extraídos de una película que están pidiendo a gritos su lugar en la continuidad de la historia. No tengo sentimientos y mi encuentro con el otro parece vivir dela misma forma que yo, aunque su expresión está llena de intensidad, no como la que yo creo poseer.
 
 
Entrelazamos las manos sin saber dirigirnos hacia ninguna dirección. Un empuje por fin nos saca de nuestra perplejidad, un empuje que no es viento ni ola, algo que se produce en nuestro exterior y se afianza en nuestro interior. Nuestras miradas dicen que quisieran abandonar el camino y seguimos en él, como si nuestra voluntad, tanto la de mi encuentro como la mía, incluso la que generamos juntos, fuera el camino, su disposición, su querencia a ser recorrido sin voluntad, solo por seguir el impulso que parece proceder de él, no de nuestra disposición ni de una actitud aprendida u olvidada, sino de una planta recién nacida, nueva, que solo nos corresponde a nosotros y que nacerá y morirá con el encuentro.
 
 
Caminamos sin ver.

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