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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (77)


 

 

 SEPTUAGÉSIMO SEXTA EMOCIÓN

 

¿Te acuerdas de Luis? Claro que lo recuerdas, por supuesto que te acuerdas de él y de nuestra amistad, la que tú negaste en aras de una vida mejor para mí. Me reiría si no hubieras llegado a hacerme tanto daño con tus decisiones, tus presiones sobre mí e, incluso, sobre mi mundo y mis sentimientos. ¿Te sorprende que te hable de alguien que no pudiste conocer, como a mí, y que sin embargo sé que conoces perfectamente (como mi caso)? No puedes responder porque sería demasiado noble hacerlo con sinceridad y demasiado imposible, puesto que yo, mi inexistencia, no te lo permito. Te estoy imponiendo mi realidad en una lucha que parte de ti y que se convierte en reflejo de lo que me hiciste sin haberme dado y haberte dado la oportunidad de hacerlo.
 
Desde mis no quince años la presencia de Luis en mi vida era fundamental, y por lo que él me ha contado, también la mía lo era para él. Aunque, claro, éramos amigos desde antes, desde que él se mudó a nuestro barrio con su familia dos años atrás y nos conocimos, o nos empezamos a querer infantilmente, primero jugando en el colegio y después jugando en nuestras casas, la tuya y la de sus padres. ¿Te acuerdas? Decías que te caía muy bien, que era un chico muy educado y avispado, que siempre atendía lo que se le decía y sonreía con sus ojos, que parecía dispuesto a todo sin los desbordamientos que tú considerabas que eran el signo de la adolescencia.
 
Y sí, lo era, era todo eso que tú decías, y era mucho más. Era quien un día de septiembre, en casa, me besó con una naturalidad que casi puedo decir que dio forma a mi deseo. ¿Deseaba yo aquello entonces, tan joven, tan emocionalmente inquieto? ¿O él despertó en mí con sus labios lo que sería a partir de entonces mi deseo? No hay respuesta, hubo vida.
 
Te estoy hablando desde una no madurez a la que me ha permitido llegar el transcurro del no tiempo, lo estoy haciendo desde tu futuro, si existe. Llevo ya tantos años con él que nuestro amor ya no tiene medida como decías que ocurría con el tuyo y mamá. No me cuesta nada llamarlo amor aunque la costumbre esté asociada a la vida con él. Quizá podría decir mejor el reverso de la costumbre. Hay un fluir en nuestra vida que incluye la vida de cada uno de nosotros y que se alimenta de nuestros recuerdos desde que nos conocimos, de nuestra separación y de nuestro unirnos más tarde a tu pesar o, quizá gracias a tu pesar.
 
Llegó el futuro y con él lo mejor y lo peor que se podía esperar.

 

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