El hoy, cada momento actual, es la clave de la vida; aunque solo seamos memoria y anhelo.
La incertidumbre permite que nos acerquemos a la real realidad, única forma de aproximarse a la libertad.
A veces me viene a la mente la recreación, el recuerdo, de un momento de viaje, uno en concreto de un viaje en particular. No puedo evitarlo. Casi siempre es de un viaje lejano en el tiempo y me deja suspendido en ese momento recreado con las sensaciones que entonces tuve o que creo hoy que tuve cuando lo viví, como si fuera el culmen de la vida, de mi vida. Es algún momento en que, precisamente, la vida del viaje se ha cotidianizado, ha creado la estimulante paradoja de que lo menos cotidiano, como es un viaje, se convierta en su contrario. Y justo ese recuerdo que recrea espacio y tiempo es el instante en que visito por primera vez un lugar deseado. Un lugar, que no una circunstancia, que mantuve en mi imaginación hasta conocerlo en directo, un lugar que quise que existiera a partir de que supe de su existencia, un lugar para el recuerdo sin fe en el recuerdo...
Quizá ese sea el mejor emblema del deseo, la mejor demostración de su fatal existencia y de la querencia personal de desear el deseo. Una metáfora vital tan mortal como apasionada. Un recuerdo y un futuro que hacen presente la real realidad de lo que se vive, de lo que se puede vivir, de lo que podría existir más allá de lo presente.

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