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PAPELES PÓSTUMOS DE "ROJO" (LXI)


 

 

No he podido, o sabido, encontrar otra forma de hacer pública mi penúltima novela que publicarla por entregas aquí.

Eso voy a hacer en los próximos días, un fragmento por día, en paralelo a mi página de Facebook:

https://www.facebook.com/independiente.trashumante

Su título es:

PAPELES PÓSTUMOS DE “ROJO” (copyright Alfonso Blanco Martín)

 

 (Quien desee tenerla y leerla completa, no tiene más que escribirme a trasindependiente@gmail.com, o por “messenger” en Facebook, y por 10 euros (gastos de envío incluidos) se la imprimiré y se la enviaré dedicada por correo)



***

 

Lo hizo en una de las últimas ocasiones que lo vi, que hablé con él en la sobremesa, como siempre él opinando, comentando, y yo escuchando y diciendo lo primero que se me pasaba por la cabeza, afirmaciones al azar que él daba muestras de apreciar enormemente. A pesar de la tristeza que me apabullaba un poco ese día, una tristeza a la que quizá convoqué yo misma organizando aquella comida, me gustó mucho estar con él, no ceder a mis obligaciones de anfitriona y dejarme llevar por su voz y su atención por mi pequeña persona, tan frágil aunque nunca lo aparente, aunque solo se refleje en mi pequeña altura y en esa escasez de carnes que Damián utilizó cuando era joven para someterme, para enfrentarme a una imposibilidad mía que no era cierta, que era suya, que construía un pedestal para él y su necesidad de sobresalir sobre los demás, con su voz extraordinaria y engolada que se fue cascando con el alcohol y el tabaco proporcionándole un atractivo para los demás que hacía, junto a su mirada dulce e inquisitiva, que le aguantaran sus continuas impertinencias disfrazadas de frases llenas de referencias cultas e ironías ambivalentes que solo estaban pidiendo cariño y disfrazando su indefensión. Cuánta rudeza y ternura desperdiciada en él y querida por mí mientras yo me convertía en nadie, como si mi estatura y mi delgadez definieran un ser que para poco valía salvo para estar al lado de aquel hombre lleno de inteligencia y provocación al que le encantaba mi lengua bífida porque le permitía inventar y recrear más frases irónicas sobre las que construir el deseo de desear y ocultar el afán de agradar. Lo conocí demasiado bien. Creo que debería estar prohibido conocer a nadie tan bien, convivir de tal forma que su piel te informe de los picores que tiene, de los deseos que siente, como si esa piel fuera un traje que pudieras vestir. No hace bien a nadie llevar la piel de otro sobre la propia, es como verse obligado a disfrazarse sin ir a ninguna fiesta que te invite a ello, es como si tu vida se convirtiera en un carnaval del que el protagonista es el otro, pero quien va disfrazado eres tú. Creo que él nunca se puso mi piel como disfraz obligatorio, ni lo intentó ni le sobrevino el que ocurriera. ¿Les pasará a todos los hombres igual? Si pienso en Daniel tengo que concluir que no, que él llevaba puesta muchas veces la piel de Lucía aunque le pesara, pero no es el mismo caso porque ellos son más jóvenes que yo y que Damián. Una afirmación ésta tan reductora que no está a la altura de lo que estoy contando ni de mi recuerdo de Daniel, ni siquiera a la altura del recuerdo que me ha dejado en herencia Damián. Bien se hubiera reído él de atesorar recuerdos y bien le hubiera seguido yo, aunque fuera punzante con su sarcasmo, su sarcasmo generalizado que no invalidaba lo que disfrutaba de la vida. El antisuicida, ese era Damián, una especie de… ¿cómo se llama el filósofo este rumano, tan parisino él? Ah, sí, una especie de Cioran “bon vivant” y aferrado a la buena vida cotidiana, como yo misma, aunque las mujeres tradicionales (por muy moderna que me considerara Daniel yo soy una mujer tradicional disfrazada de moderna) tenemos algo de sufridoras innecesarias, de sufridoras porque sí, como si nuestro sexo, esa cueva de la agresión y del agrado (estas palabras sé que están inspiradas en ti, Daniel) nos condujera a ese sufrimiento un tanto quejoso que Damián odiaba y me echaba en cara sutilmente puesto que yo no me permitía una queja, solo ironías desagradables que deseaban paliar su sarcasmo permanente y rebajar sus cultismos ordinarios. Aunque pierda un poco el hilo respecto a ti, a lo que quiero dejar en este aparato sobre ti, siento el impulso de hablar de Damián de esa forma y de recordar con él a un escritor tan optimista como Cioran a pesar de que su pose literaria y personal pareciera conducir a lo contrario. Y que conste que yo he leído muy poco al rumano, solo los fragmentos que provenían del propio Damián, ese lector impotente. Que no era impotente en la cama, no, salvo cuando su enfermedad empezó a ganarle la batalla, pero que me gusta llamarlo así porque parte de mi…, está bien, lo diré, de mi amor por él se basaba en un enfrentamiento permanente que quizá él pretendió y consiguió imponer, o que quizá yo quise que existiera para no sentirme dependiente de su persona, de su inteligencia, de su capacidad de decisión y de esos momentos en que se apartaba de todo y parecía recuperarse de sí mismo y que consistían en no estar con nadie salvo, precisamente, con él mismo.
 
 
(Continuará)

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