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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (12)


 

UNDÉCIMA EMOCIÓN

 

Raúl, empiezo a asomarme a la realidad en la que estoy incrustado de una forma que se asemeja a cómo vemos de costado la fachada de nuestra propia casa cuando nos asomamos al balcón o sacamos la cabeza por la ventana. La realidad actual, la que no tiene mi historia aunque sea su heredera, la realidad de la juventud en definitiva, es como esa fachada que no se siente como tal vista con la lateralidad de nuestra mirada. Un plano desvirtuado por el propio habitar tras él, por el propio estar tras su existencia.
 
 
Soy una persona de proyectos, y me pregunto hoy desde cuándo lo soy. Veo mi antigua hucha, una pequeña caja verde con una ranura en la tapa que se cerraba con un candado hoy desaparecido, y que he recuperado para mi sorpresa de entre los avatares de las mudanzas y las vidas que he recorrido. Y puedo reconocer en ella cómo, desde mi niñez, acumulaba proyectos que se encontraban en ciernes en el dinero que allí iba creciendo gracias a dádivas de cumpleaños y de otras circunstancias hasta que lo gastaba en algo que deseaba y que casi siempre adquiría en una soledad feliz que recorría diversos establecimientos antes de decidir qué deseo cumplir, casi siempre un disco o un libro, una promesa de realización en un objeto que no valía nada en sí mismo, sino que contenía facetas de la vida alternativas a la realidad palpable.
 
 
Mi primer proyecto es morirme, por supuesto. Su inevitabilidad no aparta a la muerte de su puesto preeminente entre los proyectos personales, simplemente la sitúa en primer lugar. Morirme cuanto más tarde mejor, aunque no demasiado tarde. Quizá este proyecto solo pretenda evitar el irme muriendo poco a poco, como es propio del sucederse de los acontecimientos y las sensaciones en la vida.
Presumo de no ser rígido en mis proyectos. Los tengo, los recreo, y si no se pueden realizar se pasa a otro proyecto. Es verdad que, si miro hacia ellos, si repaso la lista de los que recuerdo, aunque me dejan una sensación de cumplimiento, constato que ha habido la misma cantidad de realizaciones o cumplimientos que de falta de ellos. No es una constatación numérica, es un equilibrio que sé que existe sin poder ni querer aportar datos para ello.
 
 
Miro hacia atrás y yo, ese invento capaz de hablar, veo que todo ha sido bueno, como Dios. Veo, como Él, que incluso la muerte, el sufrimiento mortal, ha sido o será bueno, con una bondad sin clasificar, sin definir, como si su falta, la maldad, fuera un sueño inalcanzable cargado de circunstancias imposibles.

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