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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (14)


 

 

 DECIMOTERCERA EMOCIÓN


Anoche, precisamente, me despertó un trueno. Pero mi despertar me aportó una historia, me relató unos sencillos acontecimientos que eran inmediatamente previos. Oí cómo llovía de una forma extrema, oí las gotas repicando con fuerza en la persiana y, después, escuché el trueno. Sé que lo que acabo de escribir fue una reconstrucción mental de algo que se había grabado en mi cerebro justo antes de que me despertara el furibundo sonido. Es un vivir en directo la engañosa percepción que parece deba ser desechada por mentirosa, pero no, la realidad es esa, la realidad es la percepción que queda de unos hechos que desconocemos, es memoria consciente o inconsciente. Llegar a saber esto es conocer que nuestro caminar no conduce a ninguna parte porque está hecho de pasos de los que no conocemos su dirección. Está bien llamar norte a una de ellas, o este a otras. Palabras, palabras que indican relatos y generan conciencia. En ellas, como hago yo ahora, residimos porque nos fue dada la palabra como liberación y como tiranía, grilletes que amamos y queremos desechar, que nos atan a costumbres y formas de vida que no hemos creado, que nos son impuestas, pero sin las que no seríamos nada, como un tigre sin dientes, sin agresividad.
 
 
En las palabras me encuentro contigo, Raúl, y eso es buena prueba de su magnificencia, de la libertad que me proporcionan y te ofrecen. Pero con ellas disculpo o entierro lo que no hice contigo, de ti, lo que te fue negado y hoy afirmo con una melancolía de la que reniego, cuya existencia no puedo evadir y cuya vitalidad promueve la continuación de la no muerte.

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