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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (57)


 

 

 QUINCUAGÉSIMO SEXTA EMOCIÓN


La luz y la humedad juegan con quien fue trabajador o hambriento, aunque hoy ya solo pueda ser caminante, con la planta y con el animal. Ambas están en el pez, en la tierra, en la vida artificial, la humana, y en la natural, la que representa la nube.
 
 
Brillo y agua acogen y expulsan. Se hace necesario venerarlos y darles de lado, gozarlos en un abrazo que solo ellos son capaces de generar. Su tacto es falso. Brillan los objetos que se pretenden animados y solo hay reflejo húmedo en los inanimados.
 
 
Ellas nunca se detienen, son cambio que mira sin ver. Nuestros ojos parecen protagonistas y son meros intermediarios; en ellas la mirada cree poseer la luz tamizada por la humedad.
 
 
Solo hay juego; solo hay efímera presencia; solo hay traspaso de intercambios en un fluir que se escapa del tacto y de los sueños.
 
 
Y hay una rendija en el fluir de lo que acontece, de la misma vida, No existe para asomarse por ella ni para que nada ni nadie espíe lo que sucede. Es solo la posibilidad de detener, precisamente, el acontecer; de echar raíces en el transcurrir como si todo pudiera ser elegido y nada pudiera recibir la humedad del impalpable tiempo.
 
 
En ella puede uno intentar situarse mientras no pretenda que los sucesos sean otros que los que existen, que los que regala y arrebata la vida. Atisbar lo que por ella se rompe y lo que gracias a ella se puede construir es cargar la vida de intensidad, es arrebatarle el triste poder a la supervivencia.

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