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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (58)


 

 

QUINCUAGÉSIMO SÉPTIMA EMOCIÓN


Un zorro se me quedó mirando. No era la primera vez que me sucedía algo así, pero las otras veces ocurrieron en la otra vida. Mi caminar parecía interesarle más que amedrentarle, como sucedía antes. Yo me desvié para acercarme a él y no movió ni un músculo. Pareció husmear el aire, como en busca de una caza en la que mi presencia no interfería. Quizá yo no existía para él, quizá no existo.
 
 
***
 
 
El niño con el que me crucé (y no era la primera vez que me cruzaba con un niño solo, sin compañía, al menos la de un adulto como yo mismo) me miró, detuvo su paso como si se hubiera encontrado con alguien conocido y me cogió la mano, cambiando el sentido de su caminar y adecuándolo al mío.
 
 
Le saludé y le pregunté cómo se llamaba. Me miró y no dijo nada. Seguí hablando para animarle, de mi ciudad, del río que echaba de menos, como si la realidad fuera esa...
 
 
No dijo ni una sola palabra, aunque sus ojos brillaban y su boca sonreía a veces, hasta que se soltó y enfiló un camino a la izquierda. Le llamé, le grité, no se volvió, perdido para siempre.

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