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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (67)


 

 

SEXAGÉSIMO SEXTA EMOCIÓN


Raúl, voy a retomar y a decirte aquel cuento mío que un día no te conté.
 
 
Había una vez un monstruo que se miraba al espejo con tranquilidad. Llevaba una vida aburrida llena de constantes sobresaltos. Cuando llegaba un sobresalto se entristecía volviéndose rojo. En ese estado se sentía enamorado, aunque continuaba sin salir de casa, como era su costumbre desde que reconoció en sí mismo su monstruosidad gracias al gesto de asco que puso un día la tendera de enfrente de su casa al cobrarle el pan. Desde entonces comía maleficios y tenía guardada en la despensa la manera de ser mejor.
 
 
A veces soñaba con que vivía dentro de él un monstruo que se le parecía, pero que tenía el empuje que él creía que le faltaba. Dejaba a su monstruo interior que le susurrara insinuaciones desagradables porque él no creía ser mejor que nadie, ni algo mejor que su perro, más bien peor.
 
 
El perro murió de fidelidad en un momento dado y, desde ese momento, nada ni nadie había interrumpido su aburrida tranquilidad, aquella que un día, tras un incontable sucederse de las estaciones, se materializó en forma de fuego y lo obligó a salir a la calle. La panadería había desaparecido y parecía haber arrastrado con ella todo lo que recordaba el monstruo del exterior de su casa, ya nada era lo que fue según sus recuerdos, la niebla era ahora el ama de cría del aire. El monstruo deseaba compartir, el mundo se desinflaba a su alrededor y él comenzaba a sentir la inquietud de la fe sin poder dirigirla hacia ningún color.
 
 
Se había acabado el hambre.
 
 
No existía la convivencia.
 
 
Se podía intuir que el bosque había huido sin dejar herederos.
 
 
El monstruo quedó paralizado, sin mirada, sin el ataque de los sonidos, sin la esperanza de tocar.

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