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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (69)

 


 

SEXAGÉSIMO OCTAVA EMOCIÓN

 

Antes de los acontecimientos que dieron forma a lo que hoy resta de lo que fue nuestro mundo yo era un puro espectador, tan puro que formaban parte de mis recuerdos más íntimos lo contemplado, lo escuchado, lo leído, lo paseado. No era espectador de la vida, creo que ella me contemplaba a mí, como a todos y a cada uno de nosotros, extrañada y perpleja mientras me azuzaba a no parar de recorrerla. Era espectador del arte, de la poesía, en cualquier faceta en que eso que se puede convenir en llamar mi persona fuera capaz de percibirla, de abandonarse, de descubrir y sufrir las pequeñas e infinitamente intensas explosiones que el arte, la poesía, ofrecía cuando alguien se pone a su disposición, está dispuesto a convertirse en el amante que nunca llegará a consumar su inclinación.
 
 
Y retomo mi afirmación inicial porque en ella reside lo que quiero destapar como si fuera una intimidad tan lacerante como expansiva que se resiste a convertirse en palabra. Lo que era (lo que estaba es una expresión más ajustada aunque estrecha) estaba formado por mis experiencias y recuerdos, razón y emoción inextricablemente unidas, de las que formaban parte las aventuras de K, los sinsabores de Madame Bovary, los milagros del Grial, las múltiples formas de Krishna, la mirada de Baltasar de Castiglione o de Laocoonte, las mudas aventuras cinematográficas de Peter Pan o Nosferatu, la racionalidad colorida de Mondrian, el inabarcable e incontestable espíritu terrenal de cada obra de Picasso, la melodía infinita de Wagner, la expresividad eterna de Monteverdi, la tragedia de Orfeo, la mano que le falta a la virgen de El Lenguaje de las Fuentes, la socarronería de Tristram Shandy, la piel dura del Moisés, las deformidades anhelantes de Dubuffet, el vuelo del canto...
 
 
Creo que todo ello y mucho más que no puedo abarcar ni en el recuerdo me convertía en un monstruo colorido, depósito de experiencias de otros, que funcionaba como un volcán infértil por fuera con un cráter lleno de matices, vapores y barrancos en su interior que no amenazaba con su erupción sino que ofrecía los filos de sus abismos a quien quisiera acercarse para compartir el disfrute de lo digerido y de lo por digerir, de la creatividad humana y de una presencia en el mundo colonizado por el propio humano que ajardinaba el interior y los órganos de la convivencia de estos simios absolutistas en que nos empeñamos en convertir a los miembros de nuestra especie.

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