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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (80)


 

 

SEPTUAGÉSIMO NOVENA EMOCIÓN

 

Ya nada está en su sitio, ni siquiera las plantas y los montes, los mares y los lagos, ni mucho menos las pasiones animales y humanas.
 
 
Lo primero carece de evidencia, lo segundo parece evidente.
 
 
¿Es el desbordarse del deseo y la carencia un movimiento voluntario? Parece que no fuera así aunque los animales humanos nos empeñemos en ordenar la vida con el fin de que la pasión no profundice y aclare el camino hacia la muerte.
 
 
¿Y qué decir, por no poder sentir, de la quietud de montes y plantas, sobre todo de las plantas que son montes, los árboles? Su cambio constante es inapreciable para nuestros rígidos parámetros y representa el movimiento verdadero, el que universaliza las dimensiones del planeta que, frenéticamente, se mueve en el espacio indefinible y no por ello deja de darnos la vida.
 
 
Lo que somos, siendo un estar transitorio, es el movimiento de nuestras células y sus componentes, ese continuo nacer y morir que nos da forma y en el que no podemos creer a pesar de haber inventado el desvarío de la fe.

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