Una de las tareas más importantes en mi vida, quizá la que más tras la de la convivencia con mis congéneres (amor, amistad, aguante, roce, …) es ir aprendiendo a no adjetivar la vida y a sí adjetivar el arte. Hablo del arte como actividad y realización muy amplias, de aquello que comprende todas las tareas inútiles y creativas que añaden más vida a la vida sin implicar a la supervivencia, hablo del arte como parte de la vida, pero también como si fuera una supravida que vivir en paralelo y tangencialmente a la vitalidad.
Buscar adjetivos cuando se escribe o, mejor dicho, mientras se narra, o no buscarlos y aparecer en lo poético, adjetivar las artes con las que uno se encuentra (expresionista en su momento o fuera de él, simbolista en su momento o fuera de él, tenebrista en su momento o fuera de él; todo un catálogo de adjetivos que acercando lo que la obra posee y ofrece quizá nos aleja de lo que la obra es y produce en nuestras mentes o espíritus) es tarea inclasificable e inutilmente necesaria.
Durante lo que he recorrido de mi vida (la mayor parte de ella) he adjetivado el arte siempre con pasión, intentando huir de la clasificación, mientras a veces el propio arte, una obra, unas obras, ha anulado mi capacidad calificativa conduciéndome a un estado que se podría llamar de iluminación y que no tenía nada que ver con mis capacidades sino con esa convocatoria que deja en el aire la obra de arte para ser recogida y danzada por quien tiene la fortuna de ser incluido en ese espacio sin medidas y sin características concretas.
Y mientras esa tarea en torno al arte ocurría he procurado que la vida no tuviera calificativos para poder vivirla, ejecutarla, según se producía en su banalidad cruenta y en su profundidad llevadera, en esa extensión sin fin tan limitada como lo que nuestros pies son capaces de recorrer en una jornada, entre sol y sol.
Por muy hermoso que pueda ser un atardecer en lugares del mundo cuya belleza se nos hace inconmensurable, el amanecer nos espera como una puerta abierta a cualquier posibilidad que podamos inventar, sirviéndole de alternativa. Su belleza, esta vez asequible y casi palpable, se encuentra en su potencialidad luminosa y en el ofrecimiento que nos hace de seguir caminando de la forma que sea, sin fin y sin principio, sin definición ni calificativo alguno.
.jpg)

Comentarios
Publicar un comentario