Ir al contenido principal

PEQUEÑAS CONFESIONES AUTONOMAS (8)

 



 
 
Una de las tareas más importantes en mi vida, quizá la que más tras la de la convivencia con mis congéneres (amor, amistad, aguante, roce, …) es ir aprendiendo a no adjetivar la vida y a sí adjetivar el arte. Hablo del arte como actividad y realización muy amplias, de aquello que comprende todas las tareas inútiles y creativas que añaden más vida a la vida sin implicar a la supervivencia, hablo del arte como parte de la vida, pero también como si fuera una supravida que vivir en paralelo y tangencialmente a la vitalidad.
 
 
Buscar adjetivos cuando se escribe o, mejor dicho, mientras se narra, o no buscarlos y aparecer en lo poético, adjetivar las artes con las que uno se encuentra (expresionista en su momento o fuera de él, simbolista en su momento o fuera de él, tenebrista en su momento o fuera de él; todo un catálogo de adjetivos que acercando lo que la obra posee y ofrece quizá nos aleja de lo que la obra es y produce en nuestras mentes o espíritus) es tarea inclasificable e inutilmente necesaria. 
 
 
Durante lo que he recorrido de mi vida (la mayor parte de ella) he adjetivado el arte siempre con pasión, intentando huir de la clasificación, mientras a veces el propio arte, una obra, unas obras, ha anulado mi capacidad calificativa conduciéndome a un estado que se podría llamar de iluminación y que no tenía nada que ver con mis capacidades sino con esa convocatoria que deja en el aire la obra de arte para ser recogida y danzada por quien tiene la fortuna de ser incluido en ese espacio sin medidas y sin características concretas.
 
 
Y mientras esa tarea en torno al arte ocurría he procurado que la vida no tuviera calificativos para poder vivirla, ejecutarla, según se producía en su banalidad cruenta y en su profundidad llevadera, en esa extensión sin fin tan limitada como lo que nuestros pies son capaces de recorrer en una jornada, entre sol y sol.
 
 
Por muy hermoso que pueda ser un atardecer en lugares del mundo cuya belleza se nos hace inconmensurable, el amanecer nos espera como una puerta abierta a cualquier posibilidad que podamos inventar, sirviéndole de alternativa. Su belleza, esta vez asequible y casi palpable, se encuentra en su potencialidad luminosa y en el ofrecimiento que nos hace de seguir caminando de la forma que sea, sin fin y sin principio, sin definición ni calificativo alguno.
 
 

Comentarios

Entradas populares de este blog

ESTAMBUL ESTÁ VIVA

En su diversidad En su tradición En su actualidad En su juventud En su comercio En sus aguas dulces Y saladas En sus cafés En sus mezquitas  En su continuo fluir El ocaso no la alcanzará

POLÍTICA Y ARQUITECTURA

Los humanos sentimos la necesidad de la renovación, del cambio, y luchamos para ello con la permanencia y la tradición. Todas las civilizaciones han seguido el camino de la renovación y del cambio salvo, quizá, la antigua civilización egipcia, que se mantuvo durante casi tres mil años fiel a sí misma, y la antigua civilización china que hizo lo propio durante casi dos milenios. Entre otras edificaciones, las catedrales medievales europeas son un buen ejemplo de esas inclinación y realidad humanas en un momento de la Historia especialmente constructivo, el momento en que la ciudad toma cuerpo y pasa a ser referencia ineludible de la vida en sociedad. La catedral se convierte en causa y consecuencia del desarrollo urbanístico en la Baja Edad Media. El afán de renovación de los humanos se encuentra bien reflejado en las decisiones que se tomaron en las ciudades respecto a las catedrales existentes. En Burgos, un ejemplo entre otros, se optó por destruir la antigua catedral ro...

MELANCOLÍA

Uno ha disfrutado y estudiado en imágenes las obras de la Antigua Grecia antes de verlas en directo, y esa es una experiencia que le reserva algunas sorpresas, entre ellas aparece la representación de sensaciones que no esperaba, unas más comprensibles que otras, y una de las más comprensibles e inesperadas es la representación de la melancolía en una faceta serena que sorprende y atrae mucho al contemplador que intenta vivir aquellas obras como si fueran algo suyo. Clasicismo, democracia, filosofía, convivencia, origen, ciencia, historia… son algunas de las palabras que con toda naturalidad se aparecen en la mente de quien recrea la Grecia Antigua, pero melancolía… No, no es lo que uno espera aplicar a aquella cultura desaparecida aunque muy viva hoy en los entresijos de los orígenes de nuestro estar en el mundo. Pero, claro, cuando se califica una civilización desaparecida se olvida fácilmente que, en ella, como en todas las civilizaciones y culturas, como en cualquier tiempo ...