Me gusta comer, claro, como a todo el mundo. Pues no, he aprendido con los años y el roce con pieles ajenas que no cualquiera disfruta tanto como yo comiendo. Y de ahí, de ese gusto especial y agudo, creo que me viene, en origen, mi afán por cocinar.
Qué difícil es decir esto cuando hoy cocinar es una narración televisiva y de internet convertida en carrera de perfección sin final ni recreación del gusto cotidiano.
No, para mí, para alguien que piensa que las narraciones se hacen con palabras escritas e imágenes imaginadas, cocinar es actividad previa a algo tan básico y maravilloso como comer. Es actividad que pierde, a medida que se practica, su propio ser de necesidad para alimentarse hasta convertirse en acción con potencia propia, no finalista, como si pudiera ocurrir que mezclar colores tuviera tanta entidad como aplicarlos sobre una superficie para hacer aflorar en ella arte.
De esa forma se deduce que lo mío en la cocina es un conjunto de acciones que conforman el absurdo del placer en sí mismo, aunque no pierda de vista el placer que me espera al terminar y al que se une el placer de compartirlo con otros.
Y cocinar posee, además, una virtualidad concreta que le aporta un valor especial. Exige que en un tiempo y condiciones concretos y elegibles tenga fin la creación o recreación que el cocinero tenga entre manos porque si no fuera así la poesía del gusto, vista y olfato que es la comida elaborada, se pierde irremediablemente; no como ocurre en la poesía en palabra, en objeto o en dibujo y color, que para existir necesita que el autor invente un final que siempre está por definir.
Me doy cuenta de que en estas palabras o propuestas se mezclan ingredientes de platos distintos sin ninguna garantía de que el resultado final tenga el buen aroma de una degustación gastronómica cargada de tradición inevitable y modernidad evitable. Aquí quedan como inconexa propuesta y práctica personal para todo aquel que quiera conscientemente transitar por la vida de las limitaciones y las infinitudes, como yo pretendo hacer mientras juego con la inocencia y sus sabores.

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