A los nueve años pude contemplar el mar por primera vez. En el momento en que se produjo ese acontecimiento que andando el tiempo supe que fue uno de los más importantes de mi vida, no podía saber que ya siempre lo echaría de menos, a él, a ella, al mar, que incluso lo haría cuando, como en esta época actual mía, puedo ir a pasear por sus orillas casi siempre que lo deseo. El deseo... Precisamente el deseo es aquello de lo que el mar fue emblema y símbolo desde que lo vi por primera vez.
Volver al mar, a sus orillas abruptas o suaves, a sus horizontes infinitos o cercanos, a su humedad tan placentera como atractivamente hiriente, siempre ha sido un destino transformado en deseo que un día se hizo realidad en un lugar que no era poseído por el mar, aunque sí por todas las humedades de lo posible.
Y el deseo, lo que ha sido y es motor de mi vida, tiene una epifanía o un imposible cumplimiento según su propio existir, en aquel viaje con mi amada en el que, jugando al amor en la habitación de un hotel me vi, nos vi, en un espejo situado a un costado del lecho que nos acogía, quizá como a tantos otros, y descubrí un éxtasis nuevo, un fluir de la vida plena por unos instantes mostrándonos como indisolubles aunque solubles en la humedad del espejo, la humedad que era la del mar y sus encantos, la antigua humedad que en mi niñez estuvo viva en aquel descubrimiento de las orillas rizadas y que se materializaba en ese momento de una forma nueva e imposible de volver a alcanzar.
Y hace años, ya pasada aquella epifanía, tuve la fortuna de trabajar durante unos meses en Paraguay, en concreto en su capital, Asunción, y además pude conocer y disfrutar casi todo el país y sus sencillas maravillas. Fueron dos períodos distribuidos entre finales de nuestros verano y otoño de dos años seguidos. El segundo año volvía con ilusión a continuar mi trabajo allí o a inventar uno nuevo, pero no podía suponer la que iba a ser mi reacción al llegar. Bajé del avión en el aeropuerto y cogí un taxí que me llevaría a mi alojamiento. Como siempre allá me envolvió la amabilidad de aquellas gentes, pero ocurrió algo excepcional; al poco de recorrer las calles empedradas que me conducían a lo que iba a ser mi residencia durante unos meses sentí, con sorpresa y una dulce sensación de agrado, que había vuelto a casa, que aquellos hogares que me rodeaban entre el calor semitropical de aquella tierra y la vida serena que los paraguayos no sabían que vivían eran mi hogar, un hogar que yo había abandonado hacía meses y que recuperaba ahora como si mi vida fuera más americana que europea, como si no tuviera otra vida mejor que aquella, otra vida cuya agudeza vital se deshacía ahora frente a la nueva, ya vieja conocida.
Fue una sensación que aún perdura en mi piel y en mi interior, como esos recuerdos que marcan la vida por siempre debido a su agitación personal e intransferible.
Claro que hay más, muchos más acontecimientos en mi vida, pero estos dos, junto con el conocimiento del mar, me sorprendieron realizando la vida que yo deseaba hacer y diciéndome muy quedo que siempre hay algo más que lo que uno desea y es capaz de construir y ofrecer al mundo y de dejarse penetrar por lo que la vida hace y deshace sin fin y sin principio, con esa vitalidad inaferrable que nos conduce dulcemente hacia la muerte.

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