¿Qué fue el arte cuando, en paralelo al amor, llenaba completamente mi vida?
Puede que fuera un recurso de la memoria que deseaba volver a esa infancia en la que mi padre regó, creo que sin pretenderlo, una semilla que quizá existía en mí o que de manera imposible germinó sin existir gracias a esa humedad paterna compuesta de admiración hacia un pasado español y remoto que parecía cumplir o ampliar lo que fue su vida, ordenada y limpia quizá a su pesar.
Pero el arte me impide hoy enfangarme en recuerdos o historias contadas como si fueran investigaciones científicas. Hoy el arte ya no es el conjunto de aquellas sublimes experiencias que nunca se sumaban entre sí y que me construían y destruían de una forma tan agradable y radical que pasaban a formar parte de mi pasión, esa que me ha dado forma siempre aunque nadie que me viera desde fuera, salvo excepciones quizá sublimes o quizá insoportables, lo hubiera pensado o comentado en los encuentros íntimos de la amistad o del amor.
Hoy el arte se encuentra en mí, como un conjunto de células que uno no puede controlar y a las que agradece su buen funcionamiento aunque, a veces, no funcionen como se supone que debieran o quisieran.
Quizá ya no es el tiempo del amor. No, esto es inexacto, siempre es el tiempo del amor, pero su potencia hace que los tiempos suyos sean cambiantes: ni son los mismos en unos u otros lugares, ni con unas u otras personas, ni se conforman con el paso y el peso de las experiencias.
Arte y amor caminan inevitablemente juntos, como antiguamente en Japón y otros lugares las parejas de hombre y mujer, solo que no hay papeles fijos, unas veces es el arte quien va delante, y otras es el amor quien domina en la pareja; y todo ello salvando otros momentos en que, sin caminar, su unión hace que sus vidas transcurran en paralelo.
Amor y arte se buscan y se encuentran en algunas vidas. Arte y amor se unen idealmente sin ningún objetivo, con la tranquilidad de quienes se encuentran en lo inevitable.

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