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PAPELES PÓSTUMOS DE "ROJO" (VI)

 


 

No he podido, o sabido, encontrar otra forma de hacer pública mi penúltima novela que publicarla por entregas aquí.

Eso voy a hacer en los próximos días, un fragmento por día, en paralelo a mi página de Facebook:

https://www.facebook.com/independiente.trashumante

Su título es:

PAPELES PÓSTUMOS DE “ROJO” (copyright Alfonso Blanco Martín)

 

 (Quien desee tenerla y leerla completa, no tiene más que escribirme a trasindependiente@gmail.com, o por “messenger” en Facebook, y por 10 euros (gastos de envío incluidos) se la imprimiré y se la enviaré dedicada por correo)

 

***

 

Recuerdo el verdor del parque, recuerdo que había allí una casa que para mí era un palacio de esos que aparecían en los cuentos de las mil y una noches que me contaba mi madre por las noches. Era la casa de un antiguo prócer del país, blanca, con un gran porche, y yo veía en ella, en lugar de su blancura colonialista, minaretes y tejados de colores sobre los que volarían alfombras mágicas y que ocultaba en su interior lámparas maravillosas y los mapas de algún marino aventurero. Recuerdo un árbol enorme, más alto que cualquier edificio, cuyas raíces sobresalían de la tierra, raíces mágicas sin duda, como mágica era la blanca casa junto a la que acabábamos de pasar. Y vi animales en jaulas y en pequeños recintos, lo sé y no recuerdo a ninguno salvo a él, al pardo elefante enorme de pequeñas orejas y corpachón que parecía blando, como uno de esos cojines que adornaban las sillas en casa, bordados por mi madre al final de las tardes y que tenían el suave olor de mi pueblo, de mi pequeño barrio que ahora concibo encantado y que entonces, como supe después, era un barrio despreciado por la gran ciudad.

Yo estaba acostumbrada a los besos, a los achuchones, a las bromas, de mi padre, pero no estaba acostumbrada a su mano ancha, aunque con una piel suave, enfundando la mía, a esa protección masculina que yo sentía en mi mano camino del elefante y que ahora, cuando la recuerdo, me retrotrae a un mundo que salta con naturalidad por encima del abandono precisamente de él, de mi padre, que hizo cambiar mi vida y que hoy provoca estos recuerdos en la lejanía. Salto hoy los malos recuerdos hacia aquel día único, como mi padre, con una nada habitual naturalidad cariñosa, me había hecho saltar los baches que salpicaban el suelo del autobús que nos acercó al elefante.

Allí estaba él, lento sin aburrimiento, juvenilmente arrugado, con un color que parecía el de una tierra desconocida para mí y llena de tesoros por descubrir, el color de la que ahora es mi tierra, el color que se me quedó fijo en el alma y que hoy identifico con el color de esta tierra que me acoge y que me hace rememorar sin añoranza las dos orillas del río, la húmeda y la seca, la de la vida y la del misterio, la de las personas y la de los animales, la de la muerte posible y la de la vida palpable, la que me acogía y la que me hacía soñar, la orilla de la que me arrancaron y la que me arrebataron sin nunca haberla pisado. Las orillas de mi niñez que añoro solo como si no fuera mía, como si fuera la niñez de una amiga, una niñez vivida y narrada por otra mujer que me produce una melancolía ajena y un poco distante que llevo dentro y no termino de sentir mientras recuerdo aquello que hoy soy, aunque la distancia parezca negarlo. Pero algo ha quedado de ese orillarse mi espíritu en el entramado del río, algo que permanece y que me llena de alegría melancólica, como la belleza de las alas de una mariposa a punto de morir.

 

(Continuará)

 

 

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