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PAPELES PÓSTUMOS DE "ROJO" (XVI)



 

No he podido, o sabido, encontrar otra forma de hacer pública mi penúltima novela que publicarla por entregas aquí.

Eso voy a hacer en los próximos días, un fragmento por día, en paralelo a mi página de Facebook:

https://www.facebook.com/independiente.trashumante

Su título es:

PAPELES PÓSTUMOS DE “ROJO” (copyright Alfonso Blanco Martín)

 

 (Quien desee tenerla y leerla completa, no tiene más que escribirme a trasindependiente@gmail.com, o por “messenger” en Facebook, y por 10 euros (gastos de envío incluidos) se la imprimiré y se la enviaré dedicada por correo)

 

***

 

III

 

Estoy contando algo de mi historia, aunque solo quiera introducir lo que viene después. Una parte de lo que he vivido, que me tiene hoy confuso y un poco fuera de mí, como si algo o alguien me hubiera sacado de mis cauces habituales, los que he creado con pasión y paciencia, una paciencia que el tiempo parece regalarme sin haberla deseado, una pasión que me define sin haberla buscado, pasión y paciencia revisitadas, como nuevas, tras iniciar la vida con la bruma de la seguridad y continuarla con el asalto de la inseguridad.

He contado la historia de la infancia de Lucía ¿Alguien contará mi historia o la estará contando, como yo hago? No sé si deseo o me da miedo que otros puedan pretender conocer quién soy a través de las palabras de alguien que no soy yo, y las añadan a mis gestos, a mis auténticas palabras, a los movimientos de mi rostro y el resto de mi cuerpo. Me estremece un poco pensar en esa posibilidad que parece tener la capacidad de paralizarme. Pero yo estoy aquí haciendo lo propio con Lucía, quizá con el derecho que pueda proporcionar el amor y quizá con el cohecho que pueda proporcionar que ella lo desconoce y continúa a mi lado, como si nuestra vida, esa que hacemos juntos y que parece ser otra que la que posee cada uno, no tuviera fin, como si nuestra vida no pudiera ser interrumpida nunca por nada.

Puede que esté contando un cuento porque esa sea la única forma que he podido encontrar para narrar esto que me sucede, esto tan normal y tan especial como aumentar el volumen de lo que queda por encima de mi ombligo y disminuir lo que queda por debajo según me voy haciendo mayor, demasiado mayor para lo que deseo y demasiado poco mayor para pasar a otras instancias, otras situaciones en que la vejez puede ayudar a sobrevivir. Ahora vivo y sobrevivo en esta madurez con cierta felicidad y cierta sensación de freno, como si la vida me la jugara. Como si empezara a olvidar la forma en que se juega con ella y la propia experiencia pudiera con mis fuerzas, las fuerzas de quien ya no es joven enfrentado a una oponente cada vez más experimentada y más fuerte. Ella, mi otra amada, la vida, la que un día desprecié porque aún no conocía a la muerte, y la que un día comencé a amar porque supe de su final definitivo. No me importa que existan otras instancias o no, esas otras que se pueden llamar otra vida u otras vidas, porque sé no son la vida. Y desde ese punto de vista, desde esa bendita limitación vital, sé desde hace años, y se ha añadido conocimiento desde entonces, que es única, que es lo que existe entre dos muertes, que es lo que con principio y final incognoscibles juega conmigo mientras yo aparento jugar con ella, aunque la dueña, la que impone las reglas, la que irónicamente humoriza, es única y exclusivamente ella. Tan parecido todo a mi relación con Lucía, a mi transcurrir con ella, que me estremece pensar que la vida y Lucía son una y la misma realidad, a las dos las llamo “mi amada” porque así lo siento y así deseo sentirlo, como si el deseo pudiera gobernarlo yo y no fuera mi gobierno, como me ocurre con bastante contento y algo de resignación.

Todo lo encuentro demasiado embarullado. Puede que no lo esté, que sea a mí a quien falta claridad por echar de menos un apoyo que existía y que puede que exista pero yo haya dejado de verlo, de sentirlo. ¿Se habrán adelgazado mis sensaciones o todavía gozo de la perspicacia suficiente para discernir que algo a mi alrededor ha cambiado? ¿O habré cambiado yo?

En uno de sus monólogos, esos que me dedica de vez en cuando, como inspirados por alguna historia que yo le cuento, por algún acontecer de mi vida, mi amigo Alfonso se pregunta:

- ¿Cómo puede uno enfrentar un sufrimiento del pasado? ¿Cómo puede uno recordar aquello que encogía y empujaba la vida cuando la punzada de dolor ha desaparecido, cuando el recuerdo no se agarra a la tripa ni obsesiona la mente? Puede que muchos lo llamen superación, yo lo llamo olvido gris. El olvido limpia y serena, en mi caso, ¿también en el caso de todos los que hemos sufrido profundamente y hemos olvidado? El olvido tiñe la vida de un color que anula el color. Los colores parecen ser el mejor símbolo de la vida, pero también son la ceniza de los recuerdos, el rescoldo que los alimenta. Cuando se consigue anular el color se puede alcanzar el olvido, ¿y qué queda entonces? Algo parecido a las nubes blancas que aparecen a veces en los grises días de lluvia. Algo que podría llamarse consuelo pero que, como las nubes, no es otra cosa que una continuada amenaza de más gris, de más llamada al recogimiento y a la espera de la luz.

 

(Continuará)

 

 

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