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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (37)


                                                      
 
 
                                               TRIGÉSIMO SEXTA EMOCIÓN

 
Raúl, me gustaría explicarte, a ti que no tienes forma, que hay muchas formas de estar vivo. La primera que conoces, porque no has tenido la oportunidad de conocer otras, es la de la narración. Yo te cuento lo que pienso y siento, lo que pudo ser, lo que creo que fue, y eso da forma a tu vida, en tu caso hace que existas. No quiero que estés triste porque tu naturaleza sea la de mi narración, quiero que sepas que eso no está tan alejado de la forma en que vivimos los demás, empezando por mí mismo.
 
 
No creas que es poca cosa tu primera forma de vida conocida. Salvando la del origen, la del contacto íntimo con el interior de la madre, y la siguiente, una faceta no tan diferente de aquella, la del contacto con la piel de quienes se acercan al nacido, la de la narración nos acompaña a todos a lo largo de nuestra vida, en nuestros contactos con los congéneres y en nuestra soledad. La soledad es un papel en blanco sobre el que escribimos la narración de fragmentos de nuestra vida y de sus facetas, las inventadas y las por inventar; la del deseo, un cuento que prevemos cumplir; la del recuerdo, un cuento, una novela, una poesía, una obra de teatro o una película en la que plasmamos lo que creemos que ocurrió en un momento dado, o a lo largo de un tiempo que ya no existe, que recuperamos con la falsedad de la distancia, con el añadido de lo trágico o lo cómico que colocamos en el lugar de lo sucedido: hechos, palabras…, negaciones o afirmaciones de remordimientos que nunca venceremos… Y con ella se produce el viaje de ida y vuelta que es su forma de aparecer. Yo te narro y, gracias a ello, tú me narras. Sí, sé que en nuestro caso no hay igualdad de oportunidades puesto que yo te invento tras no traerte a la vida, pero no creas que estas circunstancias nuestras están tan lejos de las que se producen entre los nacidos, entre quienes se narran unos a otros mientras caminan sin rozarse.
 
 
Nuestra situación mejora aquello que aparenta existir en que tú necesariamente me escuchas, como yo hago contigo. Entre los nacidos pocas veces se produce la escucha, salvo en el amor y su paradoja, la del encuentro con uno mismo a través de otro.
 
 
Contarnos unos a otros desde que somos niños parlantes lo que vemos, oímos, palpamos, es seguramente la forma real de nuestra vida. Todo lo demás es instinto realizado o deseo de realización de lo imposible, de aquello que intuimos nuestro y queremos o creemos ver en el otro sin poder llegar a constatar que esa sea la forma en que nuestros anhelados encuentros llegan a producirse, a enquistarse, a dejarnos intuir que la maldad no tiene forma, que incluso es capaz de adoptar la forma de la bondad.

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