Ir al contenido principal

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (38)


 

 

TRIGÉSIMO SÉPTIMA EMOCIÓN

                                                                 
 
 
                                                        LUGARES VIAJADOS

 
 
A lo largo de la vida conocemos muchos y variados lugares. Barrios, bares, monumentos, bosques, casas, montañas, museos, tiendas, puentes, rocas, jardines... Nunca llegamos a saber distinguir entre todos esos tipos de lugares y los lugares en los que se ubican. ¿Nos encontramos en un momento dado sobre un puente o sobre el río que lo cruza? ¿Estamos situados en otro momento en el interior de un bosque o sobre un monte cubierto por árboles? Casi seguro que no tenemos respuesta ni conciencia de a lo que solemos denominar lugar.
 
 
Cuando uno viaja tiene la sensación de visitar lugares y lugares dentro de lugares. Un barrio de una ciudad podría ser buen ejemplo de lo que digo. Pero de los lugares que uno va conociendo en los viajes hay algunos que tienen una categoría especial, ¿o se le podrá aplicar esa categoría a todos y cada uno de ellos? Tengo la sensación de que, contemplados en el recuerdo, los lugares que he visitado a lo largo de mi vida son más bien lugares viajados. ¿Cómo explicar(me)lo?
 
 
Los lugares visitados no implican al visitante, son como viejas tías que conoces desde la infancia y que no fueron, ni son, capaces de derramar el amor que un niño siempre es capaz de reconocer y no sabe definir.
Los lugares viajados nos implican emocionalmente y seducen reflexivamente, como esos viejos amigos de los padres que se inmiscuyen benéficamente en la vida del niño como si fueran parte de ellos mismos, y que dejan un recuerdo ferozmente estimulante para toda la vida.
 
 
Son lugares que se hacen nuestros como si nos quisieran y como si nosotros fuéramos capaces de amarlos para siempre y apreciar eternamente su existencia en nuestro transcurrir lejos o cerca de ellos y de sus transformaciones.
 
 
Pequeños o grandes, brillantes o simples, duraderos en el tiempo o escasos en su duración, se perfilan en un horizonte hacia atrás que nos acoge como si formaran parte de piel y vísceras indispensables para la vida, para la nuestra. Recordarlos ensancha, precisamente, la vida.
 
 
Son inolvidables e intransferibles aunque se compartan con muchos otros, como uno mismo, que los han saboreado y hecho tan cercanos como la tierra que un día con los pies desnudos tenemos la fortuna de pisar y sentir en su palpitación insonora y rotunda.

Comentarios

Entradas populares de este blog

ESTAMBUL ESTÁ VIVA

En su diversidad En su tradición En su actualidad En su juventud En su comercio En sus aguas dulces Y saladas En sus cafés En sus mezquitas  En su continuo fluir El ocaso no la alcanzará

POLÍTICA Y ARQUITECTURA

Los humanos sentimos la necesidad de la renovación, del cambio, y luchamos para ello con la permanencia y la tradición. Todas las civilizaciones han seguido el camino de la renovación y del cambio salvo, quizá, la antigua civilización egipcia, que se mantuvo durante casi tres mil años fiel a sí misma, y la antigua civilización china que hizo lo propio durante casi dos milenios. Entre otras edificaciones, las catedrales medievales europeas son un buen ejemplo de esas inclinación y realidad humanas en un momento de la Historia especialmente constructivo, el momento en que la ciudad toma cuerpo y pasa a ser referencia ineludible de la vida en sociedad. La catedral se convierte en causa y consecuencia del desarrollo urbanístico en la Baja Edad Media. El afán de renovación de los humanos se encuentra bien reflejado en las decisiones que se tomaron en las ciudades respecto a las catedrales existentes. En Burgos, un ejemplo entre otros, se optó por destruir la antigua catedral ro...

¿CRECE LA INSENSIBILIDAD?

Lo sensible humano se podría definir como la relación que tiene nuestra realidad con el mundo, con los demás seres vivos, con los de nuestra especie, con las realidades pretendidamente inanimadas, con el aire que nos mantiene vivos, la tierra que nos sustenta y el agua que nos alimenta. Hasta aquí lo sensible se revela como una categoría que tenemos en común con el resto de seres vivos. Pero en nuestro caso, el humano, parece haber además algo especial, nuestra mente, esa materia que es capaz, a través del lenguaje, de dar forma a cualquier realidad posible hasta el punto de reinventarla o aparentar que es capaz de crear nuevas realidades. Transformamos lo sensible en sensibilidad gracias a nuestra mente, a la capacidad de simbolización que el lenguaje y la escritura nos ofrecen, y a esa incesante capacidad constructiva (y destructiva) que poseemos y que ha cambiado la faz de la Tierra. Y la sensibilidad, anclada en lo sensible, se desarrolla en nuestra mente sin dar la esp...