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VISIÓN / FICCION

  Un panorama contemplado junto al embalse de Entrepeñas en el que las "tetas de Viana" (a la derecha, al fondo) se repiten de alguna forma en las construcciones de la central nuclear de Trillo (a la izquierda).     Hay algo inquietante en esa convivencia visual, paisajística y humana, algo que convierte el paisaje en definición posible de nuestro ajardinar el mundo con una habilidad y una torpeza solo dignas de nuestra especie.     Dignidad e indigencia nos rodean siempre, en casi todo lugar, en esa invención tan nuestra que denominamos tiempo.     Lo natural, es decir, el espacio, cubre lo artificial, es decir, el tiempo. El brillo parece iluminar la apariencia de realidad. La sombra parece dar vida a lo posible que, ya soñado, abre el mundo a la real realidad.     Cielo y pensamiento se complementan como un sentimiento que ha encontrado su lugar de reposo y crecimiento.  
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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (100)

      EPÍLOGO X   PLACER, DOLOR, PLENITUD   La realidad me persigue, la aparto. Yo deseo a su hermana realidad.     Ella, la realidad, quiere seducirme. Yo me inclino ante realidad, solo quiero el roce de su mano. Los besos de la realidad me inflaman. Yo quiero que realidad me mire con su mirada inabarcable. La realidad me puede.     Realidad provoca que la muerte tenga sentido, que mis sentidos sirvan al placer de no pensar, que la sensación se expanda, que haya vida en realidad.     Que lo que se puede sentir sea sentido.  

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (99)

    EPÍLOGO IX   ORILLA / REVERBERACIÓN     Justo alzo la mirada sobre la línea que me permite ver no hay belleza en el fondo del bosque hay vida que no se puede alcanzar     Camino escondido sin quererlo  Encuentro lo que no pretendo Se eleva lo que no quiere nombre Llegar a ser es imposible     Nada me ha sido dado  Que el juego no desee que termine Nadie se me ha acercado Sin que el anhelo lo deshaga     En el bosque me dejo hacer La forma que alcanzo Nada tiene en común con mi querer  

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (98)

    EPÍLOGO VIII   No quiero que mi vida tenga un sentido, allá ella y sus circunstancias.   Quiero profundizar en el sinsentido de la vida, quiero que mis semejantes puedan convivir en su sinsentido gracias a que la vida de todos, incluidos mis no semejantes, se respete y sea posible con las menores trabas mientras dura.   Quiero construir porque mi especie lo ha hecho y encuentro belleza en ello, como en la vida solemne de las efímeras, el insecto cuya vida sin boca no exige alimentarse, que solo dura un día con el único fin aparente de reproducirse.   ¿Y qué decir de la destrucción? Forma parte, ha formado y formará parte del todo de manera tan natural como la existencia de la muerte, ese necesario descanso en la escalera del cambio, de la que nadie sabemos ni sabremos nunca si su sentido es ascendente o descendente.   Quiero y camino.  

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (97)

     EPÍLOGO VIII   LA CIUDAD   Ofrece detalles del pasado y del presente que llaman a nuestra mirada y la convierten en una observadora llena de interés, en el olvido de ser alguien que pasa sin saber ni conocer, sin curiosidad ni búsqueda.     La ciudad provoca vida intensa si uno se deja querer y comprender, mientras camina, con una pasión racionalista muy alejada de desiertos y selvas, las contrafiguras de su dureza arcaica que pretende ser futurista mientras marca un presente sin horizonte.     La alegría en la ciudad tiene algo de perverso. La tristeza se acumula desde ella, escondida, y abraza lo que deja de ser posible.     La huida de ella y la permanencia en sus entresijos permiten que el mundo nunca llegue a tener sentido.  

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (96)

    EPÍLOGO VII   DEUDA DE BELLEZA   A la muerte le debemos, entre otras cosas, además de su bendito misterio y su terrible inoportunidad, lugares tan extraordinarios como son los cementerios. Lugares de todos los colores y las formas, situados a su vez en espacios esplendorosos o vulgares, alejados o cercanos, en hondonadas o promontorios, en el más rudo interior o en el más extremo acantilado, en ínfimas aldeas o en ciudades inmedibles. Sus posibilidades son tan infinitas como las infinitas variedades del acabamiento de la vida, aunque terminen resumiéndose en una sola y aparentemente definitiva muerte.   El estremecimiento de la visita al recuerdo de una persona querida, en esos regalos que nos hacemos gracias a la muerte, desaparece cuando penetramos en uno de aquellos recintos en donde no reposa o está inquieto nadie que haya hecho vibrar nuestros sentimientos. Los cementerios pueden ser de esa forma fantásticos lugares de paseo, aquietados y silenciosos...

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (95)

  EPÍLOGO VI   ARRIBA   Mirar hacia arriba es una de las ofertas insoslayables del caminar, aunque no conduzca a nada, aunque recuerde que la nada es el destino, aunque solo nos lleve a reconocernos tan terrestres como soñadores. Produce una experiencia que se compensa en lo real con pasos embarrados y tropezones que nos devuelven al necesario humor con el que se puede sobrellevar la vida, su injusticia como destino, y a enfrentar ese extraordinario y ridículo anhelo permanente, como abanico cerrado de palabras, sensaciones y pensamientos, que caracteriza a nuestra especie.   El aire transparente o espeso parece recoger con agrado nuestra mirada anhelante, el brillo de sueño que posee, el recuerdo no nacido y el atrapado por la espesura de noches de insomnio y placer. Es un aire recortado con perfiles desnudos que llenamos de sustancia inventada, con la pasión de quienes encuentran en el movimiento y el estatismo un resumen de muerte y vida que nos refleja como si ...