Nada está en su sitio, ni siquiera las plantas y los montes, los mares y los lagos, ni mucho menos las pasiones animales y humanas. Lo primero carece de evidencia, lo segundo parece evidente. ¿Es el desbordarse del deseo y la carencia un movimiento voluntario? Parece que no fuera así aunque los animales humanos nos empeñemos en ordenar la vida con el fin de que la pasión no profundice y aclare el camino hacia la muerte. ¿Y qué decir, por no poder sentir, de la quietud de montes y plantas, sobre todo de las plantas que son montes, los árboles? Su cambio constante es inapreciable para nuestros rígidos parámetros y representa el movimiento verdadero, el que universaliza las dimensiones del planeta que, frenéticamente, se mueve en el espacio indefinible y no por ello deja de darnos la vida. Lo que somos, siendo un estar transitorio, es el movimiento de nuestras células y sus componentes, ese continuo nacer y morir que nos da for...
Un panorama contemplado junto al embalse de Entrepeñas en el que las "tetas de Viana" (a la derecha, al fondo) se repiten de alguna forma en las construcciones de la central nuclear de Trillo (a la izquierda). Hay algo inquietante en esa convivencia visual, paisajística y humana, algo que convierte el paisaje en definición posible de nuestro ajardinar el mundo con una habilidad y una torpeza solo dignas de nuestra especie. Dignidad e indigencia nos rodean siempre, en casi todo lugar, en esa invención tan nuestra que denominamos tiempo. Lo natural, es decir, el espacio, cubre lo artificial, es decir, el tiempo. El brillo parece iluminar la apariencia de realidad. La sombra parece dar vida a lo posible que, ya soñado, abre el mundo a la real realidad. Cielo y pensamiento se complementan como un sentimiento que ha encontrado su lugar de reposo y crecimiento.