Una de las tareas más importantes en mi vida, quizá la que más tras la de la convivencia con mis congéneres (amor, amistad, aguante, roce, …) es ir aprendiendo a no adjetivar la vida y a sí adjetivar el arte. Hablo del arte como actividad y realización muy amplias, de aquello que comprende todas las tareas inútiles y creativas que añaden más vida a la vida sin implicar a la supervivencia, hablo del arte como parte de la vida, pero también como si fuera una supravida que vivir en paralelo y tangencialmente a la vitalidad. Buscar adjetivos cuando se escribe o, mejor dicho, mientras se narra, o no buscarlos y aparecer en lo poético, adjetivar las artes con las que uno se encuentra (expresionista en su momento o fuera de él, simbolista en su momento o fuera de él, tenebrista en su momento o fuera de él; todo un catálogo de adjetivos que acercando lo que la obra posee y ofrece quizá nos aleja de lo que la obra es y produce en nuestras mentes o espíritus) es...
Nuestra primera forma de vida conocida (salvando la del origen, la del contacto íntimo con el interior de la madre, y la siguiente, una faceta no tan diferente de aquella, la del contacto con la piel de quienes se acercan al nacido) es la de la narración, la forma que nos acompaña a todos a lo largo de nuestra vida, en nuestros contactos con los congéneres y en nuestra soledad. La soledad es un papel en blanco sobre el que escribimos la narración de fragmentos de nuestra vida y de sus facetas, las inventadas y las por inventar; la del deseo, un cuento que prevemos cumplir; la del recuerdo, un cuento, una novela, una poesía, una obra de teatro o una película en la que plasmamos lo que creemos que ocurrió en un momento dado, o a lo largo de un tiempo que ya no existe, que recuperamos con la falsedad de la distancia, con el añadido de lo trágico o lo cómico que colocamos en el lugar de lo sucedido: hechos, palabras, negaciones o afirmaciones de remordimientos que nunca vencer...