Con la lengua fuera y un jadeo enronquecido voy subiendo el camino que me lleva a los lagos. Me ahogo. Tendré que hacer caso a Luis y caminar de a poquito para poder llegar. Buf, aprecio más a esa vaca apestosa que pasta que a Luis. No me importa que tenga razón, pero su suficiencia respecto a mi persona me pone de los nervios. Todavía no sabe que a mí no me importa quedar o no por encima y él, con sus dulces ojos azules que parecen compasivos no desea otra cosa que demostrar su valía y suficiencia. Este recuerdo marca mi vida. Unas vacaciones con amigos en las hermosas montañas que nos separan de, y nos unen a, Europa; una juventud por malgastar, unas ideas en nada ensombrecidas por el peso y el paso de la vida, unas sensaciones siempre nuevas, siempre ligeras, una intensidad irrepetible sin saber que así era. Volví al lugar que nos acogió. Volví muchos años después y debía existir justo donde lo busqué, pero la naturaleza había borrado su huel...
Todo (me) era posible. Y todo (me) fue posible. La juventud consistió en ello, en esa creencia en lo posible y en la constatación de que lo que no llegaba no dejaba de ser posible. Ese todo que fue posible consistió en lo que deseé y en lo que el deseo transformó en realidad, con un incumplimiento que no sentí de esa forma, pero que ha llegado a ser hoy la realidad de la vida actual, la mía y la del mundo. Deseé lo que muchos otros desearon y no supe ver que coincidía con ellos, ni me importó ni supe apreciarlo. La impresionan...