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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (85)

                                                                                



    

 

                                             OCTOGÉSIMO CUARTA EMOCIÓN

 
 
Y ahora, no-padre, te entrego esto que escribí cuando por fin supe que tu incomprensión estaba teñida de una falta de vida que solo dañaba la tuya:
 
 
SIN GÉNERO
 
 
¿Quién sabe más de la vida, el ángel o la esfinge? El ángel parece dominar la muerte, la esfinge parece olvidar que hay vida.
 
 
Ambos poseen sabiduría, conocen más de lo que expresan, ambos mienten. Y ¿por qué habrían de hacerlo? La respuesta es sencilla, porque no son ni masculinos ni femeninos, su existencia parece proclamar la falta de necesidad del otro, y eso los llena de una limitación nada creativa, parece convertirlos en ideales mientras no son ninguna otra cosa que falsedad.
 
 
Pero… hay mucha seducción en su falsedad, expresan lo imposible con una potencia humana que parece hablar de todo lo que nuestra mente es capaz de recrear sin ser capaz de crear, como hacen los sueños.
 
 
El ángel ejecuta la falta de acción divina. La esfinge plantea el enigma que nadie es capaz de solventar. Sin el uno y sin la otra seríamos más libres pero menos poderosos, menos capaces de seguir inventando mitos que son realidades y realidades que no son más que mitos.
 
 
Ángel, esfinge, compañeros del transcurrir de lo que no se desea obvio. Nuestro agradecimiento a vuestra existencia solo puede estar teñido de la extraña materia aderezada de resquemor y luz que forma parte de nuestra presencia en el mundo. Os acogemos, soportamos y deseamos como expresión de algo que quizá podríamos ser y somos incapaces de realizar, de algo siempre por inventar y siempre residente en nuestras humanas raíces, las que nos alimentan con su laberíntica expansión hacia lo que desconocemos.
 
 
Tierra y mentira son sustentos de la muerte aparente. Ella no cree ni en ángeles ni en esfinges, pero es capaz de atisbar sus rostros a través de la neblina de nuestra imaginación.

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