Me veo en la que fue mi habitación, el pequeño espacio de las contradicciones y las afirmaciones, del sufrir y del gozar, del olvidarse del tiempo, de sentirlo en su inexistencia agobiante. El lugar en el que me definí rodeado de madera, de libros, de la mesa en la que estudié y en la que descubrí mi pubertad. Es casi imposible resumir o citar el cúmulo de vida que allí quedó y que porto conmigo. La pienso ahora con regocijo, sin melancolía, y me alegro de poseerla, de que me haya poseído y siga viva en mí, con sus pequeñas dimensiones, con la cercanía de mis padres, con el deseo de su lejanía, con las noches, los descubrimientos, las actividades, los encuentros con los amigos, los juegos en solitario y en compañía. En aquella habitación cabe el infinito aunque yo sea finito, aunque una vez que me veo en ella todo sea simple y pequeño, un cúmulo de anécdotas intercambiables con muchos otros niños, adolescentes y jóvenes. Pero lo piense como lo piense y lo recuerde c...