Ir al contenido principal

Entradas

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (48)

                                                         CUADRAGÉSIMO SÉPTIMA EMOCIÓN     Hoy sé que se ha hecho tarde, que la vida que quise vivir fue vivida y no alcanzada, y que el hoy me impide plantearme alcanzara o recrearla de nuevo.     Miro a mi alrededor en este momento, en la terraza de un café hoy gris que tuvo color, colores de vida y circunstancia; escribo sobre la mesa redonda que ya no espera ser manchada por lo que allí se pide, por las consumiciones que fueron anhelos sencillos o traducciones de grandes anhelos que movían la vida de cada quien, que encuadraban encuentros y desencuentros, que pausaban las rutinas o hacían rutinarias las pausas.     Un lugar para el que no se pensó el silencio que ahora me rodea, el que permite escuchar, entre el ruido del viento, el susurro del bolígrafo que delinea estas palabras.     Miro cuando llego a un pueblo, o a una ciudad, miro mientras lo atravieso o deambulo por sus calles. Veo lo que hoy es y me parece ver lo que fue. Conte
Entradas recientes

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (47)

    CUADRAGÉSIMO SEXTA EMOCIÓN Uno a veces cree descubrir un alma, o un espíritu, en o tras un cuerpo que le gusta, que lo atrae, en una mirada que parece tener que decir o absorber todo un mundo en común con uno mismo, en una sonrisa que pareciera expresar mucho más que deseo o complicidad.     Pero casi nunca es así, casi siempre es un engaño de la naturaleza humana que quizá solo sea la expresión de la necesaria renuncia a la soledad de quien es genéticamente social.     ¿Eres tú, Raúl, la encarnación de uno de esos deseos equivocados que pretende vengar o poner de manifiesto la banalidad disfrazada de hondura de quien se deja llevar por ellos, de mí mismo?

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (46)

    CUADRAGÉSIMO QUINTA EMOCIÓN   LEVES RUPTURAS Algunas de las grandes novelas fundacionales, comenzando por la primera, La Odisea, y continuando con, por ejemplo, El cuento del Grial y El Ingenioso Hidalgo, sin olvidar lo que tenga de novelístico La Divina Comedia, son viajes y viajes dentro de viajes.     La vida como viaje ya es un tópico de quienes somos herederos de la literatura universal y de sus mitos, una parte de la población cada vez más exigua debido a que la condición actual de postpostmodernidad nos ha alejado como sociedad globalizada de la consciencia de nuestra herencia, aunque esa herencia se mantenga inconscientemente en el transcurrir colectivo y en algunas individualidades.     Mi vida como viaje (los viajes que me dan la vida) está compuesta de la poesía que me precede y hace cambiantes los caminos, de los mitos que colorean los lugares, de la narración del transcurrir que muestra el tiempo como posibilidad cambiante, del sueño como realidad que corrige la propia

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (45)

      CUADRAGÉSIMO CUARTA EMOCIÓN Tú, como no has podido crecer, no puedes comprender lo que es la distancia de unas fuerzas inauditas que estaban maltrechas porque se situaban donde la vida no fluía. Exagero. La vida fluía aun en el miedo porque su fuerza era entonces inconmensurable. Hoy la fuerza de mi vida es mensurable, con todo lo que conlleva de bendito fracaso y potencia tranquila. En esto es maravilloso tenerte de interlocutor porque me permite explicarte lo que alcanzarías a comprender si tu vida existiera en tus manos y la empujaras con la inevitabilidad de la pasión que yo he sufrido y celebrado. La vida es inelegible, no así la muerte, pero eso no evita su celebración, el pararse a recordar que, si la fortuna no nos es excesivamente adversa, hay momentos cotidianos y momentos únicos que la convierten en una bola de fuego que calienta agradablemente y no se puede tener quieta para que no queme, para que no se apague.     Me he adelantado y retrasado, Raúl, dejándome llevar

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (44)

      CUADRAGÉSIMO TERCERA EMOCIÓN SUCESOS     Tras el paso del viento El caminar de las hojas Cruje al interior del hogar     Podemos barrer las huellas Entre lágrimas de agradecimiento Y sonrisas íntimas     O podemos ordenar El desorden interior Que nunca termina     Sentados en el porche Nos encontramos con el desconocido Su silencio es la expresión que aguardábamos     Invitarle a entrar es el mejor error Que, nunca cometido, Esperaba el transcurrir del mundo     Los pequeños pasos Que damos para calentar el agua Se transforman en ciencia equívoca     El desconocido nos sigue de cerca Acolchado en la duda que ofrecemos Mientras evitamos su mirada     El destino nos conmina A sentarnos frente a él A contarle cómo llegamos hasta ese momento y lugar en que el viento nos narraba la historia de la vida y no queríamos escucharlo.      

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (43)

      CUADRAGÉSIMO SEGUNDA EMOCIÓN Quiero aclararte que en el colegio de las chicas las clases a las que yo asistía eran solo de chicos, quizá por esa hoy extraña circunstancia no me causó ninguna sorpresa, o sería mejor decir que no me inquietó, el cambio al nuevo colegio, el salto desde lo que se convirtió, por comparación, en el pequeño colegio respecto del gran colegio de los chicos.     Los dos cursos escolares que pasé en el colegio de las chicas fueron muy diferentes uno del otro. En el primero me acompañó la dulzura inolvidable de la monja maestra. En el segundo, lo hizo la aparente severidad de otra monja que no dañaba nuestra pequeñez.     Y por detrás, siempre, la anciana bruja a la que todos temíamos y de la que nos burlábamos en secreto para poder sobrevivirla.     La bruja aparecía a menudo en el pasillo de las tres clases de los chicos y todos la temíamos. Su pequeñez no disminuía el miedo que provocaba en nosotros. Su voz cascada de anciana siempre decía algo que perman

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (42)

    CUADRAGÉSIMO PRIMERA EMOCIÓN Quiero contarte ahora, quiero recordar contigo y gracias a ti, ese comenzar una nueva vida en el nuevo colegio que, con total naturalidad, iniciando la senda emprendida por mis hermanos, comenzaba en mi vida a los ocho años. Me resulta curioso no tener recuerdos nítidos del primer día. Quizá eso signifique, o esconda, que yo tenía la creencia de que aquel era mi lugar natural. El colegio de los chicos.     No te había contado antes que el colegio anterior era el de las chicas y que este, el de los chicos, no incluía a niños pequeños, quienes debían ser formados, como si la antigüedad aún estuviera viva, por aquellos eunucos que eran las monjas vestidas con sus hábitos negros, con sus nudosos cinturones blancos, con la cara enmarcada por una rígida estructura blanca cubierta con una negra toca cuya suavidad probé por casualidad en alguna ocasión y quizá llegó a ser una de las puertas que se me abrieron hacia el erotismo y el anhelo de la suave belleza an