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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (84)


 

 

 OCTOGÉSIMO TERCERA EMOCIÓN

 
Cada quien busca su lugar, o lo encuentra. Cada quien necesita un lugar al que dirigirse, un lugar en el que refugiarse, un lugar al que volver. Cada quien tiene su lugar en sus orígenes y desea encontrar su lugar cerca o lejos de aquellos. A lo largo de la vida aparece o se escabulle el lugar, nunca definitivo, que deseamos. Y se van acumulando en nuestros sentimientos los lugares a los que les dimos nombre aunque ya lo tuvieran. Les dimos un nombre nuestro, ese que no se escribe con mayúscula y que lo es todo para cada uno de nosotros, o lo fue, o lo será en el recuerdo.
 
 
Todos tenemos nuestro lugar bajo el cielo porque él nos acoge y nos zarandea con sus cambiantes inclemencias.
 
 
Todos encontramos el lugar en la tierra porque nuestras pisadas, con voluntad o con deseo o sin conciencia, lo marcan indeleblemente.
 
 
Todos miramos el mar como si pudiera acogernos, como si algún misterio de la vida se ocultara bajo esa superficie que niega nuestras pisadas.
 
 
Todos tenemos un techo más o menos sólido que nos oculta el cielo, quizá para poder mirar hacia nuestro propio estar y huir de nuestro ser, eso indefinido que podría parecer espiritual y que no es otra cosa que una eterna pregunta que no tiene respuesta.
 
 
Todos contemplamos frente al sol cómo pasa la vida, tan deslumbrados que pensamos que solo pasa para los demás.
 
 
Todos buscamos un lugar de reunión donde intercambiar nuestra perplejidad y ocultar nuestras paradojas entre el ruido de las palabras.
 
 
Vamos transitando vida y lugares mientras olvidamos que el camino está hecho de muerte, de muertos alegres que buscaron y encontraron las vidas y los lugares. A nosotros, a los vivos, nos resta fijar la mirada en los árboles y olvidarnos de las tumbas, nuestro lugar último.
 
 
Y la muerte es la mejor parte de la vida en la sombra. Sin ella, sin lo que supone huir de su inevitabilidad y celebrar su existencia, casi nada de lo que nos constituye como humanos hubiera sido posible.
 
 
La inútil aspiración a la vida eterna, incluso a otra vida, ha pasado y pasa por su existencia, por la constatación de que la desaparición de lo amado y deseado es un destino irrenunciable.
 
 
La sombra es su símbolo y el lugar del reposo para la vida, tan querida e imparable como el movimiento aparente de la luz sobre la roca, la vegetación y la superficie del mar, esa lámina que no es frontera aunque así se nos presente, de la misma forma que se nos aparece la muerte, el querido y temido anhelo en el que no podemos habitar.

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