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PEQUEÑAS CONFESIONES AUTÓNOMAS (11)


 
 
 
(HISTORIA DEL TIEMPO)
 
 
Erase una vez el tiempo en que este Alfonso / Trasindependiente, yo, refugiado en la piel de un hombre, era un niño; hace muchas, muchas lunas, al menos en apariencia.
 
 
Estaba él con sus hermanos y primos pasando las vacaciones en un apartamento playero con una gran terraza, uno de cuyos lados tenía un grueso cristal que servía de frontera con la terraza vecina. Una tarde en que sus padres habían salido con sus tíos, los niños se quedaron al cuidado de la abuela, una jovial abuela que era todo cariño para sus nietos aunque se convirtiera en pura queja frente a sus hijas. Fue la tarde en que los padres de este que aparento ser yo se convirtieron en profetas.
 
 
Seis niños y su abuela dejaban pasar el tiempo de una tarde veraniega en una terraza soleada y acariciada por la brisa marina. El pequeño Alfonso / Trasindependiente estaba sentado en una silla de espaldas al cristal fronterizo practicando eso que sus padres siempre le decían que era peligrosísimo: mecerse suavemente haciendo bascular la silla sobre las dos patas traseras. Sus padres exageraban, él nunca se había caído, sabía perfectamente lo que hacía. Un ruido ensordecedor lo paralizó, no había calculado bien, la pesada madera de la silla en la que estaba sentado atravesó el cristal y con ella parte de su cuerpo se encontró del otro lado. En la eternidad de segundos que siguió él sintió cómo el mundo se quedó paralizado, vio las caras de sorpresa y miedo en su abuela, en sus primos y en sus hermanos y comprobó, sorprendido, que no emitían ningún sonido. La silla, mágicamente, detuvo su retroceso y quedó apoyada contra la parte baja del marco del cristal. Vio, sintió, como cada fragmento del grueso vidrio iba cayendo a su alrededor y por encima de su cuerpo con un ruido ensordecedor. Pensó que era el fin, sintió dolor, vio a sus padres aupados y tristes por su propia profecía, le aquejaron los remordimientos por no hacerles caso. La enigmática eternidad en la que había entrado tras atravesar el cristal no tenía fin ni principio, la vida era eso, la vida era una lluvia de cristales que provocaban un terrible sonido y una paralización del cuerpo acompasada a la parálisis del mundo. Su ser pareció haber encontrado un extraño destino de eternidad definitiva que consistía en una dura lluvia y un cuerpo inerme, como si hubiera perdido sus músculos, que contemplaba cómo el mundo no provenía de ninguna parte ni caminaba hacia ningún sitio.
 
 
Los gritos de una anciana vecina aparentaron despertar de nuevo al universo. Pareció que volvían a poner en marcha los engranajes que lo hacen funcionar. El momento eterno, increíblemente, terminó. La abuela y los niños comenzaron a hablar, a expresarse, a hacer aspavientos, ayudaron al herido a salir del marco en el que parecía atascado. La vida volvió a fluir con todas sus circunstancias actuando en su habitual desorden. Pero la vida del pequeño Alfonso / Trasindependiente había sufrido una transformación que en aquel momento no conoció. Andando el tiempo supo que ese contador vital era pura apariencia, recordó su cristalino momento eterno y supo que fue el principio de una curiosa relación con él, como haber encontrado un amigo imaginario que fuera real para todos los demás, un amigo imaginario que le guiñaba el ojo cada vez que era convocado por todos los que lo consideraban real.
 
 
Y no es que Alfonso / Trasindependiente piense que el tiempo no existe, pero gracias a su inconsciente y vidrioso accidente sabe que siempre va disfrazado.

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