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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (89)


 

 

OCTOGÉSIMO OCTAVA EMOCIÓN

 

Raúl, hoy me correspondería tener más pasado que futuro debido a las cuestiones que fueron evidentes de la vida viva y de la vida muerta, pero el presente, con esta nueva eternidad que nos atenaza, se encuentra hoy favorable o desfavorablemente desequilibrado.
 
 
¿Quisiera cambiar algo, aunque sea imposible, de todo lo que me ocurrió, de lo que tú me recuerdas con esa acritud un tanto irónica, si es que me ocurrió a mí o a quien yo pudiera haber sido, de fragmentos de lo que hoy forma parte de mi presente? ¿O lo que se recuerda con pesadumbre, o te recuerdan con desgana, incorpora tal riqueza en su interior, tal cúmulo de brillante ceniza, gracias a la memoria inevitablemente selectiva, que sería una pena haber reaccionado entonces con lo que hoy conceptualizo como positivo y que fui incapaz de realizar en su momento? ¿Con lo que tú pareces exigirme y para lo que yo fui un ciego inconsciente?
 
 
Este entretenimiento, convertido hoy en absurdo en su pleno sentido, creo que está lleno de posibilidades para compartirlo con quien, joven aún, existente o inventado, está más cerca de la actuación que de la reflexión, del pensar que del repensar, del sentir que del recordar.
 
 
El juego de la memoria es, como si fuera olímpico, la tregua permanente que la vida se permite y que nos ofrece una posibilidad pacífica de construir una poética propia hecha de retazos de errores y fragmentos de aciertos que, unidos, pueden proporcionarnos el abrigo con el que presentar nuestra desnudez a la amiga postrera, si llegara.
 

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