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EN EL AIRE








Es un tópico decir que una de las facetas que uno visita cuando viaja por la India es la de los aromas, pero los tópicos, si se les desguarnece de las oscuras capas exteriores, ocultan verdades suculentas.

Todos los sentidos se ven agredidos cuando uno se sumerge en el subcontinente. Agredidos con agrado y con lo contrario, pero si uno sabe o puede dejar que los sentidos vivan su propia vida inocente, reconocerá en esa agresión qué es, qué fue y qué será el mundo.

El olor a especias es la principal fuente de luz aromática que allí se produce, y se combina con la obsesión por la limpieza, reflejada en el arreglo personal de los humanos inabarcables en número que pululan (nunca dejan de estar en movimiento) por campos y urbes, y se mezcla con los olores del deshecho que la vista se acostumbra a apreciar por muchos lugares.

La dimensión aromática de la India tiene un poder que semeja dar cuerpo a lo que un occidental llamaría desorden, aun comprendiendo que es otro orden, más civilizado que el suyo por ancestral, más humano que el que uno porta por tradicional, menos seco que lo que la razón pretende imponer como consenso, más animal que lo que el extranjero desea reconocer.

Las palabras y los aromas no se llevan muy bien entre sí aunque convivan bajo el monzón como simios, vacas, perros y humanos saben hacer dando la espalda al deseo, esa rueda de la fortuna, del dharma o de la justicia (según el chakra representado en la bandera del país) que se palpa y salta permanentemente en las muchas vidas que allí se pueden vivir y suceden.

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