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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (35)


 

 

    TRIGÉSIMO CUARTA EMOCIÓN

 

“¿Has hecho los deberes?” Pregunta retórica que tú, no padre, me hiciste, retórica porque yo era buen estudiante, o lo aparentaba, y a la que contesté con la esperada afirmación que no se cuestionaba por tu parte ni por la de mamá. Pero no era verdad, no había estudiado. Y recuerdo perfectamente que yo tenía nueve años, que estaba como invitado en el cumpleaños de alguien del que no recuerdo nada, ni su nombre, ni su cara, aunque sí la casa en la que vivía o, al menos, el salón en el que me fue hecha la pregunta.
 
 
Se fijó ese momento en mí para siempre y se unió a no saber la lección que me preguntó el profesor al día siguiente.
 
 
Allí empezó mi organización y orden personal, que ya nunca me ha abandonado como característica íntima, aunque sí, según períodos y lugares, como expresión realizada y reconocible en mis acciones, pensamientos y sensaciones.
 
 
Pero, como en tantos otros casos, quedó el remordimiento, flotó la culpa, los dos compañeros de mi niñez que arrastré hasta la adolescencia, a quienes hice caso en sus funestas insinuaciones, a quienes acepté sus sonrisas inquisitoriales, ¿Dónde habían nacido? ¿Por qué me dejé acompañar por ellos durante tanto tiempo y con una intensidad insoportable? Eran las arañas a las que yo temía, que provocaban en mí estremecimientos apasionantes si no hubieran estado cargados de lágrimas que no fluían, que inundaban mi vitalidad, la que hoy comprendo y no supe vivir entonces, la que me inunda hoy sin las fuerzas que entonces poseía, esa fortaleza cercenada por la culpa y el remordimiento, mis auténticos hermanos de entonces.
 
 
- Tú, como no has podido crecer, no puedes comprender lo que es la distancia de unas fuerzas inauditas que estaban maltrechas porque se situaban donde la vida no fluía. Exagero. La vida fluía aun en el miedo porque su fuerza era entonces inconmensurable. Hoy la fuerza de mi vida es mensurable, con todo lo que conlleva de bendito fracaso y potencia tranquila. En esto agradezco mucho tenerte de interlocutor porque me permite explicarte lo que alcanzarías a comprender si tu vida existiera en tus manos y la empujaras con la inevitabilidad de la pasión que yo he sufrido y celebrado. La vida es inelegible, no así la muerte, pero eso no evita su celebración, el pararse a recordar que si la fortuna no nos es excesivamente adversa (hambre, tiranía, enfermedad…) hay momentos cotidianos y momentos únicos que la convierten en una bola de fuego que calienta agradablemente y que no se puede tener quieta para que no queme, para que no se apague…

 

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