El año pasado se conmemoraron setenta y cinco años de la muerte de Cesare Pavese; una muerte, la suya, la muerte, que parece que lo acompañó toda su vida y que le hizo escribir:
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos/esta muerte que nos acompaña/de la mañana a la noche, insomne,/sorda, como un viejo remordimiento/o un vicio absurdo…
Quizá esa obsesión que terminó con su vida moldeó un pensamiento que desarrolla la posibilidad de que nacemos ya niños, ya adultos o ya ancianos, y que de esa forma nos mantenemos toda la vida, sin evolución ni tránsito al contrario de lo que pudiera aparentar la misma vida.
Yo, como el gran escritor italiano, pienso, siento y creo de esa forma, aunque también intuya que esa circunstancia no se pueda aplicar por igual a todas la vidas.
En mi caso yo (ese yo en el que no creo) fui un niño querido por toda mi familia, el niño que parece que toda ella, hombres y mujeres, esperaban, tras haber nacido mis hermanas, dos niñas, de las que también recibí un amor inolvidable por inocente y curioso, nunca afectado por la envidia.
Toda una manera ancestral de estar en el mundo sin yo pedirlo que me ha dado forma en todas y cada una de las circunstancias de mi vida. Desde que nací he sido ya para siempre el niño querido, y lo sigo siendo en esta juventud de la vejez.
Y, por supuesto, eso no ha evitado que a lo largo de la vida haya sido tan amado como odiado, pero la esencia de todos mis actos y los de los demás conmigo está en ese haber sido amado de niño o, quizá mejor expresado, en que lo que me ha afectado para mi bien y para mi mal se basa en aquel amor recibido en mi etapa inconsciente, en mi etapa de no yo, antes de saber que el yo era un invento funesto tras haber pretendido buscarlo e, incluso, fijarlo y poder llegar a conocer que su inexistencia es la mejor constatación vital que se pueda alcanzar.
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi
questa morte che ci accompagna
dal mattino alla sera, insonne,
sorda, come un vecchio rimorso
o un vizio assurdo...

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