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PEQUEÑAS CONFESIONES AUTÓNOMAS (6)


 

 

Cualquier ocasión es buena para que algún loco como yo rememore lo que la música es y ha supuesto en su vida.
 
 
Rememorando lo que ya he recorrido de ella, de mi vida, se me ha venido a las mientes que hay una historia musical que se produce en paralelo a la de mis sucesos, acciones, sensaciones y pensamientos y que quizá, por qué no, la esencialize.
 
 
Veo en mis recuerdos una maduración, gracias a la música que no a mis características personales, en mi comprensión/sensación de las diversas obras que se han acercado a mi vida desprejuiciándome cada vez más y más allá del sonido, rompiendo moldes y marcos (unos llamados conservadores, otros progresistas), todos estrechos y antilibertarios.
 
 
Siempre recordaré aquellos dos primeros discos que compré y que marcaron mi camino respecto a lo que escucharía a lo largo de mi vida y lo que me queda por escuchar (los dos últimos han sido dos sinfonías de César Franck y Felix Mendelssohn y las sonatas e interludios de John Cage): la tercera sinfonía de Beethoven y la novena de Dvorak. Obras que erizaban mi vello y las terminaciones de mis neuronas con la misma intensidad aún procediendo de compositores tan dispares. A ellos se unirían, de esa forma que la primera juventud permite con su apertura y capacidad infinitas, los discos de Pink Floyd y Jethro Tull, y no como contrapunto, sino como un complemento de igual intensidad aunque fuera de otro orden.
 
 
En mis inicios como escuchador entregado y feliz fue Beethoven (su obra) mi padre o mi padrino. Ante sus sinfonías y sonatas para piano todo mi ser quedaba yerto de vida, que no de muerte. Él fue seguramente, acompañado de mi curiosidad, quien me introdujo en la obra del compositor que pareció revelarme, como si fuera mi propio ángel anunciador, la unión de muerte y vida, mito y realidad, posibilidad y destino; todo aquello que encontré en La Valquiria, en Richard Wagner.
 
 
¿Cómo alguien aún adolescente, ese que era yo antes de saber que ser yo no es nada, pudo dejarse invadir por aquella historia musical que sintió como el resumen del todo, el símbolo de lo posible y lo imposible, y la puerta de la felicidad, inventada o realista? Hermanos que se amaban, azuzados y censurados por los dioses; diosas que se rebelaban ante el injusto machismo de sus esposos y padres; espíritus encarnados llenos de vicio y anhelantes de virtud que intervenían en la vida trascendente e inmanente, lejos de lo que me rodeaba en el lugar que yo había nacido y cerca de un ideal extranjero, filosofando en lo concreto y pecando sin la existencia de Dios. Cada desarrollo vocal y musical de aquella obra imperecedera erizaba todas las capacidades sensitivas y mentales de aquel adolescente hasta hacerle comprender, sin llegar a saberlo entonces, que reflexión y sensación no son más que conceptos, símbolos, de la vida que es una, una unidad que nosotros parcelamos en el intento de manejarla más fácilmente aunque perdamos en el proceso la perspectiva de su real realidad.
 
 
Esa parcelación, tan humana, me hacía estar lejos, entonces, de Mozart, a pesar del Lobo Estepario, a pesar de la afirmación del gran pianista Rubinstein sobre que su obra era la muerte. La obra de Mozart fue una conquista personal en la que mi voluntad no intervino. Ella, la obra dulce e invencible, honda y llevadera, se me fue imponiendo con el tiempo, como se me imponía la vida y sus imponderables, aquellos a los que yo creía de muy joven poder vencer. Mozart y el transcurrir de la vida me enseñaron que los imponderables estaban de mi parte si mis sentidos no se rebelaban ante lo inevitable y no pretendían realizar el imposible traspaso de las fronteras humanas, tan netas como imperceptibles, tanto como la forma de las obras de Mozart es perfectamente asumible respecto de unos cánones reconocibles y están a punto de romperlos siempre, de exprimir sus posibilidades hasta el extremo de poder gozar de la muerte.
Y de fondo de aquella transformación siempre estaban las estables y monumentales obras de Bach. Poco podía yo decir frente a aquella rotundidad musical que parecía conocer todo lo que la vida es capaz de ofrecer y arrebatar, concretado en una abstracción telúrica que es capaz de generar la metamorfosis de las rocas sin violencia y jugar con el tiempo de una forma indolora y definitiva.
 
 
La madurez, tras el conocimiento de la increíble y vertebrada infinitud de la variedad de la música, me reservó, por una de esas casualidades que parecen ser la esencia de la vida, el conocimiento y el arrebato respecto de la obra de Monteverdi. Hasta tal punto me llevó su generosidad musical que me hizo preguntarme, en plena madurez juvenil, cómo había vivido hasta entonces sin su música. Solo el disfrute constante y permanente del padre Bach y el familiar Mozart atemperaron aquella revolución que supuso en mi escucha la apertura monteverdiana. Y Monteverdi fue la puerta entornada que me permitió descubrir posteriormente que la obra de Shostakovich había sido escrita para mí. No tengo razones respecto a la emoción reflexiva que me producen sus obras. Ellas existen siempre para mí, me atacan, consuelan, hacen reír y hunden en la miseria de una forma que no puedo defender, que es puramente subjetiva y exaltante. La pasión por la música sin adjetivos se encuentra en lo que siento, indefinible, ante todas y cada una de sus obras, pequeñas y grandes, rebeldes y continuistas, alternativas y apasionadas.
 
 
Y no he recordado (ahora los voy a nombrar por orden alfabético) a Albéniz, a Byrd, a Chopin, a Haendel, a Ligeti, a Machaut, a Mahler, a Marais, a Puccini, a Schubert, a Rameau, a Vivaldi, y a otros autores que formarían una lista casi infinita.
 
 
Imposible decir aquí todo aquello que es y ha sido la música en mi vida. Necesitaría escribir un tratado, una leyenda de leyendas de más de mil páginas para poder transmitir todo aquello que me ha penetrado gracias y a través de la música. Quizá solo pueda añadir que es mucho más de lo que cabe en una sola vida, de lo que permiten unas células unidas durante un tiempo por la armonía secreta que la música desvela y hace florecer.
 

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