Tras
mucho desconocimiento, umbral necesario del conocimiento, tras no pocas
búsquedas y algunos encuentros, aparece en la vida de uno, si es capaz de
mantener vivo el deseo y si no considera la vida un coto cerrado sino un lugar
en construcción permanente, algo así como una cabaña a la que siempre se añaden
nuevas habitaciones, sótanos o incluso pisos que, a su vez se encuentran en
permanente reforma. Aparece, decía, tras todo eso que es una vida que acepta la
muerte como reverso necesario y deseado, la posibilidad de encontrarse con el
conocimiento en plena actividad cotidiana, en plena lucha y descanso, en plena
apertura y cierre de lo que uno quiere, puede y acepta.
Viajar
es un motor de mi vida. Lo fue cuando no viajaba debido al deseo de hacerlo. Lo
fue cuando comencé a viajar y comprendí que el deseo nunca terminaba su
realización. Lo es cada vez que pienso en un viaje, cada vez que no puedo
realizarlo, cada vez que puedo realizarlo, cada vez que lo preparo, cada vez
que lo modifico. Lo es cuando, en pleno viaje, aparece la sorpresa continuada
de sus posibilidades, cuando desaparece el otro tiempo, el de la vida anterior
y posterior al viaje, cuando el tiempo se reinventa a sí mismo en el caminar
lejos o cerca de los orígenes, en el conocer rostros y lugares que reflejan
rasgos propios que desconocía y que se diluyen en el reconocimiento de la
pertenencia al mismo mundo. Lo es cuando el barro o el polvo del pasado y el
presente de lo visitado inundan mis lágrimas de emoción y agradecimiento por
tener la posibilidad de acercarme a los mundos que forman el mundo en el que he
nacido, del que todos formamos parte. Un mundo hecho de tierras, aguas y aires
muy variados, que se acrisolan en objetos, plantas, personas, recuerdos,
edificios, caminos, animales y seres inventados, tanto animados como
inanimados. Un mundo que, a medida que viajo se incorpora a mi vida con el
único objeto de que uno, yo, pueda ser vehículo de eso indefinible e
inabarcable que el mundo ofrece y que los humanos reinventamos continuamente
con el fin de olvidar que no tiene ningún sentido, que simplemente es.
Y el
viajar me ha llevado, entre muchas otras posibilidades, a embarcarme en
proyectos de estudio y labor para los que nunca pensé estar preparado o a los
que nunca soñé que tendría acceso. Hay dos ejemplos fundamentales en mi vida de
estas cuestiones íntimas que aquí planteo, que pretenden superar la propia
intimidad, entrar en la de los otros, y que me atrevo a contar a continuación
como reflexión que toma forma de confesión.
***
Cuando
era un niño, cuando una de las materias que me seducían y me perseguían en la
dura cotidianidad del colegio, con temor por mi parte, era la lengua francesa,
aparecía repetidamente en el libro que me ayudaba a desentrañar aquel idioma
lleno de extraños y seductores sonidos un dibujo esquemático que consistía en
un círculo aplastado atravesado por una gruesa línea sinuosa y con pequeños
dibujos sueltos diseminados por el deforme círculo delimitado por una línea
bien definida. Era un esquema con la forma de la ciudad de París, con su río y
los ineludibles monumentos que la puntean. Ese dibujo esquemático se convirtió,
andando el tiempo, en el emblema de mi pasión por viajar, en la representación
del deseo de moverme y vivir en carnes propias otros tiempos y lugares. Ese dibujo,
que ya solo existe en mi mente porque hace muchos años que perdí o desprecié
aquellos libros escolares, continúa siendo el emblema de la pasión por viajar y
representando la posibilidad de ser otro que yo mismo, la posibilidad que los
viajes hechos con los ojos abiertos muestran y demuestran por lejanos o
cercanos que sean, por largos o cortos que se hagan. La intensidad del viajar
se encuentra en aquel dibujo esquemático fijo para siempre (un siempre muy mío
que comparto con cualquiera al que me acerque) en mi memoria.
El
primer viaje que preparé, aunque no fuera el primero que hice; el primero que
elegí, pagué, disfruté, saboreé y me hizo ser alguien nuevo me condujo, como no
podía ser de otra forma, a París. Pero no voy a describir aquel viaje en estos
momentos porque eso corresponde a otro relato con autonomía propia que se
aleja, aún teniendo mucho que ver con ello, del tema que aquí trato, el
aprendizaje.
Unos
años después de aquella iniciación viajera, y tras haber vuelto a la ciudad que
amo en otra ocasión, se me acercó la oportunidad de vivir unos meses allí
ampliando mi especialización profesional. Por segunda vez (la primera fue una
experiencia estudiantil que también merece relato aparte) se producía en mi
vida algo que se ha repetido en ella, como si yo tuviera el poder de
convocarlo. Se producía la posibilidad de asistir a unos estudios relacionados con mi dedicación laboral que
ofrecían la oportunidad de cumplir un antiguo deseo que anidaba en mí: no era
ya viajar a la ya conocida ciudad sino vivir allí un tiempo como si yo fuera
uno de sus hijos o uno de sus invitados. Ante esa posibilidad, la pertinencia o
interés de los estudios a realizar allí se minimizaba ante mí solapada por la
posibilidad de pasear aquellas calles y muelles, acercarme a los cafés y las
tiendas o visitar los infinitos lugares cargados de historia, arte y literatura
según me los encontrara al pasar, sin buscarlos, como si se tratara de un
continuo regalo dilatado en el tiempo.
El
resultado de los meses transcurridos en la ciudad que es parte del sentido de
mi vida fue una limpieza profunda del desconocimiento que poseo, incluso del
desconocimiento que ni siquiera era capaz de pensar que poseía, un
descubrimiento de la cercanía que los humanos podemos llegar a alcanzar unos
con otros, y de la lejanía que también puede existir aunque nos rocemos, ambas
realidades totalmente alejadas de la lengua o la geografía comunes, del color
de la piel, de las creencias, de las inclinaciones y deseos; una cercanía que
solo depende de la predisposición individual a aceptar y acoger al otro, tenga
ese otro la forma que tenga, una predisposición que antiguamente se llamaba
bondad y que su falta de nombre hoy en día no invalida su existencia. Una
posibilidad que se convierte en un auténtico viaje hacia la conciencia de
pertenecer a esta especie nuestra tan inquieta y paradójica.
***
Trabajé
durante unos meses en Panamá. Me arriesgué a aportar lo que se suponía eran mis
conocimientos especializados a quienes deseaban poseerlos, allá lejos, al otro
lado del océano, y no podían o sabían desarrollarlos debido a lo que la
Historia les había deparado.
Me
acerqué hasta allí con auténtica pasión por saber cómo era esa vida tropical
entre océanos, y con auténtico miedo por no poder aportar lo que allí se
requeriría de mi. Todo lo que llevaba en mi mente, lo que había preparado, lo
que estudié y pensé para enfrentarme a aquella experiencia, fue desbaratado, al
llegar, por una realidad tan diferente a lo acostumbrado, tan coherente donde
no lo esperaba y tan incoherente donde no lo deseaba, que consiguió agitarme de
tal forma como para que se produjera una especie de reinvención de mi persona,
algo que no tenía que ver con mis capacidades personales y profesionales y que
tiraba de mí como para ser capaz de realizar actividades y hacer propuestas que
desconocía que yo pudiera llegar a plantear antes de aquel viaje.
Nunca
olvidaré ese otro tipo de conocimiento al que pude acceder allí, el que me
descubrió que hay varios mundos dentro de éste, que el contexto geográfico y
cultural del que uno proviene es tan relativo como las distancias medidas en
longitud o en tiempo, el que me descubrió que nada es definitivo y que en todo
tiempo y lugar reside una vocación de cambio tan arrolladora como profunda es
la vocación de permanencia.
***
Ya
no soy el mismo desde que viví y estudié en París ni desde que viví y trabajé
en Panamá. Con ello no pretendo aguzar una presunción en mí inexistente, sino
constatar que, por mucho que uno se permita y tenga la fortuna de construir
quien es, de ser alguien adecuado a lo que uno mismo se dice que le gustaría
ser, hay experiencias externas a uno mismo que lo dan forma de maneras
inesperadas, que desconstruyen y reconstruyen la propia vida hasta convertir
ese falso yo que uno cree ser en alguien modelado por las manos de las
experiencias que, aún deseadas y buscadas por uno mismo, son tan
inaprehensibles como la propia duración
de la vida y su fragmentada intensidad. De aquellas experiencias tan humanas,
demasiado humanas, quedan recuerdos y pasiones que me reconvierten
continuamente en un ser, innecesario como todos, que desgrana estas palabras y
que se afianza en que el aprendizaje es la sorpresa que resta de lo vivido, es
el rescoldo de lo buscado y la ceniza de lo encontrado; un bien tan necesario
como inaprehensible, tan distinto como interrelacionado con el resto de humanos
anhelantes por vivir sin paliativos y amantes de las limitaciones que creen
sobrepasar y que siempre los inundan de absolutismos y relativizaciones tan
hermosas como llenas de la propia contradicción del vivir uno mismo frente al
vivir ajeno.
"Vivir uno mismo frente -no siempre, añado- al vivir ajeno". Sólo después de una limpieza a fondo del desconocimiento se puede llegar a esta certeza. Gracias. Un salud cordial.
ResponderEliminarPablo, te acepto ese "no siempre" cargado de sabiduría y experiencia. Qué necesarias son las limpiezas a fondo.
ResponderEliminarGracias y saludos.
Después de leer la información de la manifestación de ultras en Madrid, me ha venido este paseo por tu memoria viajera, y me pregunto si es que esa gente no viaja nunca. Y lo que aprenderían si salieran del agujero donde viven.
ResponderEliminar¡Qué puedo añadir, hermano!. Tu reflexión es muy acertada, desde mi humilde punto de vista. De ella se desprende 'un apasionado de los viajes'. ¡Que lo eres!. Pero voy a añadir que por todo lo que dices, yo -a veces- no comprendo al 'turisteo' (que no sirve de nada), a pesar de que decirlo esta mal visto. Un abrazo 'trass...'
ResponderEliminarSí, Carlos, a pesar de las facilidades que hay para moverse hay gente que nunca sale del agujero, incluso algunos que viajan siguen sin salir del agujero...
ResponderEliminarGracias y saludos.
Sí, Blas, compartimos esa pasión que, efectivamente, no tiene nada que ver con el "turisteo", cada día menos, aunque compartan muchas apariencias.
ResponderEliminarGracias y saludos.
Gracias por compartir estas vivencias por esos mundos.
ResponderEliminarDoblemente aprendido: por el estudio y por la experiencia, ¿cabe mejor fortuna?
Un cordial saludo,
No, Miguel, no cabe mejor fortuna, y sigo dando gracias por ella.
ResponderEliminarGracias a ti y saludos.
Inquietos son tu corazon y tu caminar,dandote su fruto
ResponderEliminarUn saludo Alfonso
Aurora, qué bonito lo que dices, y muy cierto.
ResponderEliminarGracias y saludos.
No somos la misma persona que ...esta misma mañana, porque... vivimos
ResponderEliminar"aparece la sorpresa continuada de sus posibilidades, cuando desaparece el otro tiempo, el de la vida anterior y posterior al viaje, cuando el tiempo se reinventa a sí mismo en el caminar lejos o cerca de los orígenes"
Cuando o nuestros pasos asoman al acantilado y respiran la vida, saboreando sus sabores o la falta de ellos, cuando el alma toma color, forma y hasta consistencia, cuando cada fotografía perpetua es lo más nuestro que jams imaginamos y...nos acompaña
Mi abrazo a tu luz
Y tú, Athenea, me acompañas en mis recorridos, recuerdos y propuestas, y eso hace que la vida no pierda su fluir con un poco más de luz.
ResponderEliminarGracias y saludos.
Creo, Alfonso, que te lo tenía leído en el anterior lugar que ocupó Órbita. Pero qué bueno volver a ser testigo de esos viajes, de esos aleteos de esforzado viajante y escribidor en que la sorpresas como bien dices nos rodea, nos sale a cada paso, Y aprendemos. Como ahora volviendo a leer tu escrito. Un abrazo.
ResponderEliminarSi, seguro que lo habias leido, amigo Teo. Es una confesion intima que me ha gustado recordar y compartir. Muchas gracias.
EliminarMe ha gustado muchísimo lo que acabo de leerte. Parece en algunos puntos, la prolongación de mi pensar, de mi sentir, desde que realicé mi primer viaje y seguí haciéndolo algunos veces más. Realmente le has puesto palabras a algo que uno respira fuera de sus mundos propios, interno y externo. Me has explicado ese sentimiento de experimentar otras realidades, las que se pueden ver y las que no, ese aprendizaje mudo que se palpa al sentirse diferente, al intuir eso intangible, ese universo invisible sin tiempo y sin medidas, un aprendizaje prendido con hilos que se prolongan hasta el infinito, que van surgiendo como colas de cometa, uno tras de otro, dando vida a nuevos e inesperados conocimientos que son válidos e intransferibles, que no se limitan a la experiencia solamente, hay algo que se nos transmite y queda como un sello en la piel, en el recuerdo, en la reflexión, en un nuevo accionar del que a veces no nos reconocemos nosotros mismos. Me parece un excelente relato casi pedagógicamente espiritual. Perdón si no me expreso bien, también he aprendido que probablemente he de morir sin poder expresar exactamente lo que se siente en determinados momentos, no es cuestión de letras, sino de sentimientos profundos. Gracias.
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