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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (95)



 

EPÍLOGO VI

 

ARRIBA

 

Mirar hacia arriba es una de las ofertas insoslayables del caminar, aunque no conduzca a nada, aunque recuerde que la nada es el destino, aunque solo nos lleve a reconocernos tan terrestres como soñadores. Produce una experiencia que se compensa en lo real con pasos embarrados y tropezones que nos devuelven al necesario humor con el que se puede sobrellevar la vida, su injusticia como destino, y a enfrentar ese extraordinario y ridículo anhelo permanente, como abanico cerrado de palabras, sensaciones y pensamientos, que caracteriza a nuestra especie.

 

El aire transparente o espeso parece recoger con agrado nuestra mirada anhelante, el brillo de sueño que posee, el recuerdo no nacido y el atrapado por la espesura de noches de insomnio y placer. Es un aire recortado con perfiles desnudos que llenamos de sustancia inventada, con la pasión de quienes encuentran en el movimiento y el estatismo un resumen de muerte y vida que nos refleja como si fuéramos importantes, como si pudiéramos ser flores, piedras desgajadas de las historias o muertos queridos con un alma viva y flotante capaz de disfrutar de nuestras exequias.

 

Y el camino aparece gracias al reflejo de lo encontrado e inventado en el aire que, sobre nuestras cabezas, se desborda en miradas que caen como lluvia invisible, cargada de la humedad de la vida interior, oculta y anhelada.

 

 

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