Con un poco de esfuerzo alegre iba viviendo yo mi vida. Me equivoqué sin pretenderlo y sin saberlo. No basta el recuerdo, se necesita la muerte para llegar hasta el lugar del abandono necesario e irrenunciable.
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Levanté una esquina de la parda alfombra del deseo y encontré bajo ella el color, era como un polvillo exquisito que quise tocar. De inmediato, la alfombra me envolvió y comenzó el sueño.
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La tiránica alegría del poder modela miseria. Es la falacia de la no intervención.
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Cuando se reflexiona, el músculo se carga de vida y la vista percibe nuevos e inútiles colores.
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Sin habla no habría nadie, sin sueño todos serían muertos.
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Si el mundo fuera una cesta la compañía de los otros serían los agujeros que dejan entre sí el entretejerse de las fibras que la componen.
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De rodillas pensaba que el mundo era una fiesta.
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Visto lo evidente mejor caminar a ciegas.

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