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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (16)


 

 

 DECIMOQUINTA EMOCIÓN


No puedo evitar desviarme de mi camino, el que he trazado en conversación contigo, Raúl, y plantear ahora la emoción de escribir de otra forma, de seguir escribiendo recuerdos, pero de una manera diferente; escribirlos desde lo leído, sentir que la realidad está formada por los mundos inventados por otros, hechos palabras por otros, y la fantasía es eso que llamamos realidad y que vivimos o malvivimos cotidianamente. Me he puesto a hacerlo y lo voy a ocultar por no despistarte, aunque sé que tú eres el único que puede comprender mis desvíos literarios, que son como malformaciones con las que convivo ayudado por prótesis inventadas por mí mismo, como si sufriera un síndrome deformante de mis miembros y que mermara mis capacidades motoras. Esas prótesis tienen una función que desconozco, pero me son inspiradas por ese síndrome que quizá sufro y al que estoy adaptado como si comprendiera la vida desde mi propia muerte, como si supiera el momento y la circunstancia precisa en que voy a desaparecer, con la tranquilidad y la paz que ello supone, como poseer una memoria inversa que es capaz de ir hacia atrás, su aparentemente natural sentido, pero que en realidad camina hacia delante desde el conocimiento de lo que va a suceder recordando el futuro que, sin contradicción, ya ha sucedido. 
 
 
***
 
 
Conocía bien lo que me esperaba gracias al relato quejoso de Tudesco, el amigo que parecía siempre hacer antes que yo lo que el destino me tenía reservado. Y yo siempre olvidaba, cada vez que me contaba sus últimas aventuras, que yo iría detrás, ejerciendo las funciones que a él se le pedían. Bueno, quizá mi olvido era efecto de la constatación de que nuestras experiencias no tenían nada que ver entre sí, aunque ejerciéramos las mismas funciones.
 
 
Nuestra amistad había nacido a la puerta de la escuela. Éramos de los niños destinados por la Asociación Fundamental de Familias Sociales a pasar sus primeros años a la puerta de la escuela. Los veinticinco niños de nuestro grupo teníamos la ventaja, respecto a los niños destinados a no ir a la escuela y a los destinados en granjas de saltamontes, que nuestra temporada ante la puerta se desarrollaba desde mayo hasta noviembre, para no vernos afectados por las caricias del frío, rayanas en un placer que solo podríamos alcanzar cuando cumpliéramos treinta años.
 
 
Por entonces los horarios de los niños eran diferentes a los de ahora, menos racionales y más intranquilizadores. Durante la tercera fracción solar permanecíamos en silencio andando al ritmo que marcaba el monje blanco, un experto en ritmos que usaba un aparato parecido a una carraca, ya en desuso, que se llamaba maniel (todavía se pueden encontrar algunos en los museos amanuenses que han proliferado desde hace unas estaciones). En la cuarta fracción hablábamos sentados, por parejas, distribuidas cada jornada según una combinatoria que seguía estrictamente la circunspecta que ordenaba esa hora. Había temas gritados cada cinco minutos por la circunspecta, pero no eran obligatorios, así que cada dos nos traíamos temas apuntados de casa y que podíamos repetir en sucesivos días sin límite de tiempo, aunque cambiáramos de pareja parlante. Eso sí, si la circunspecta notaba que no había diálogo cambiaba el tema por uno de los que ella había triturado.
 
 
Mis temas favoritos fueron las ballenas dulces y las piedras inhumanas que, junto a los que me ofreció en algunas jornadas Tudesco (las vacas angulares y los palacios ocultos) me provocaban una dulzura en la garganta como solo los niños son capaces de sentir.
 
 
Y en la quinta fracción, lectura. Los libros se encontraban en las jambas de la puerta del colegio. Mi primer libro fue “Cómo morir en paz sin haber vivido”, en él se narraban las aventuras de unas ancianas que habían vivido bajo una estructura inventada llamada dictadura, que les había impedido, por ser hijas de quienes eran, que no porque sus actitudes tuvieran una forma u otra, llevar una vida que les interesara lo más mínimo y acercarse a cumplir cualquiera de sus deseos. Me era difícil comprenderlas, pero me reía como un tonto con sus aventuras, que ellas llamaban “desventuras” y que provocaban sentimientos (palabra usada constantemente en el libro junto con “sensaciones”) que no eran otra cosa que actos y pensamientos cargados de contradicciones. Sus desventuras terminaban en unas muertes muy tristes que me dieron mucha alegría.
 
 
Cuando lo terminé me preguntó Tudesco por él y, sin dejarme contestar, me habló del que él estaba terminando: Frialdad. Una historia de hermanos enfrentados a la pobreza y al malquerer entre ellos, con una mujer de por medio, que le había parecido un sueño, como si los bosques tuvieran vida, una vida invernal que nos redimiera de una salvación imposible.
 
 
Me gustó aquello del sueño porque me pareció que también se podía aplicar a lo que yo había sentido con mi libro. De hecho, en mis sueños, le conté que aparecían de vez en cuando ancianas noblemente asesinadas que no daban miedo, poseían un tremendo atractivo que me hacía enamorarme, como si los hongos fueran frutas, mientras me miraban con ojos de gato.

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