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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (30)


 
 
 
VIGÉSIMO NOVENA EMOCIÓN
 
 
La soledad es la forma de la vida ahora, una soledad acompañada que poco tiene que ver con aquella de la vida de antes. ¿La verdadera vida? No sé responder, o lo hago mientras camino hablándole, aunque no quisiera que fuera de ese modo, aunque no quisiera que mi compañía se convirtiera en la razón o fundamento de la vida. Aunque quisiera, quizá, que la vida fuera otra. ¿Pero no es eso lo que nos ocurría a todos antes, en la otra vida, en la auténtica vida porque era claramente mortal aunque la mortalidad cada día estuviera más oculta? La falta aparente de mortalidad en nosotros, en los supervivientes, nos arrebata la posibilidad de una vida auténtica.
 
 
Estamos acompañados y somos escasos. Lo podemos deducir de las últimas noticias que se dieron en televisión, que se difundieron por las redes, que aparecieron en los últimos periódicos. La población mundial se había reducido casi a la mitad. Y en países de alta densidad o de números absolutos indigeribles solo quedaba un tercio de la misma. ¿Cuántos seremos ahora? ¿Cuántos eternos, si es que nuestra situación es la de entes sin tiempo, seguimos asombrados en el mundo, sin producir nada, sin ponernos de acuerdo en nada, sin pretenderlo siquiera, observando cómo los restos grises de lo que un día fueron nuestras construcciones y nuestras ruinas parecen observarnos, a su vez, mientras decaen debido a la desidia de nuestro escaso número y de nuestra nueva identidad, de nuestra nueva sociedad de solitarios incólumes que ni siquiera pueden serlo porque nuestra compañía impide enfangarse o disfrutar en plenitud de lo que nos queda, de la soledad.
 
 
¿Seremos millones o solo unos cientos de miles? Es imposible calibrarlo con las escasas veces que cruzamos nuestros caminos, o las poquísimas ocasiones en que nos topamos con un grupo de solitarios que quizá han coincidido para descansar, comer o intentar soñar en algún parque cubierto de maleza, o en un antiguo centro comercial resquebrajado, como si fuera un tullido sin la posibilidad de ninguna rehabilitación. Las ciudades y los pueblos son hoy como discapacitados sin alternativa. Lugares que han dejado de estar en movimiento, que han dejado de poseer esa especie de digestión continua en que consistía el movimiento que les aportábamos quienes nos dejábamos vivir en ellos.
 
 
Las leyes se han deshecho solas, y los delitos también. Nadie roba porque no es robar apropiarse de lo que encontramos a nuestro paso y ha dejado de ser de nadie, de los nadies que son los muertos, la mayoría de quienes fuimos, si es que nosotros no somos los auténticos muertos, zombis que caminan sin el alimento que les proporcionan los vivos o quizá sí, alimentándonos en todos los sentidos de los restos que dejaron los muertos y de los restos que nosotros, los oficialmente vivos, proporcionamos sin querer y sin saber.

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